El hombre piensa, Dios ríe

Es un proverbio judío que ha inspirado a muchos autores cristianos.  Concretamente lo he disfrutado desde José María Cabodevilla en su libro La jirafa tiene ideas muy elevadas. Para una teoría cristiana del humor.

Claro que todos hemos pensado alguna vez en nuestra vida que igual que decimos Dios es Creador, Dios es Bueno, Dios es Juez Justo, pues  Dios es Alegre, es la Alegría, Y ¿cómo no va a ser Dios  la fuente del auténtico sentido del humor?  ¿Se puede pensar realmente en lo que significa que Dios ama con amor de Padre y Madre y no sentir alegría?  ¿Cómo se puede pensar en la bienaventuranza sin sentir que Dios es el  Señor de la Alegría, del Humor? ¿Y puede haber alegría sin el verdadero sentido del humor? Ese sentido del humor que nos transmite el libro La jirafa tiene ideas muy elevadas, en el que se  ve clarísimo que el humor es un llamamiento a la sensatez,  es pródigo en consuelos, ayuda a poner las cosas en su sitio, a ver con distancia las cosas. Incluso el humor como la ascética del sabio. Ese humor que da una perspectiva sana y limpia de las situaciones.

Parece que no tiene que ver con lo que estoy diciendo, pero si que lo tiene por la perspectiva que da la anécdota que voy a contar. Por todas partes podemos aprender a ponerse en las situaciones ante la mirada de Dios. Dostoievsky, describe una escena que tiene todo el estilo de ser real. Una mujer de pueblo tiene en brazos a su hijo de pocas semanas que parece sonreírle por primera vez. Muy conmovida se hace la señal de la cruz. Y al preguntarle una amiga por qué hace eso contesta: porque lo mismo que una madre se siente feliz cuando ve por primera vez la sonrisa de su hijo, así se alegra Dios cada vez que un pecador cae de rodillas y ora desde el corazón.

Y sigo en esta misma línea. He leído el breve e incisivo poema de Sofonías sobre la caída de Ninive. Sofonías significa el Señor esconde o protege. Y lo he leído de una manera distinta, porque en mi interior resonaba  el proverbio judío: el hombre piensa. Dios ríe. Junto a las denuncias de Judá y Jerusalén, la esperanza del profeta cristaliza en oráculos famosos. Me centro en la esperanza del profeta: “Alégrate hija de Sión, grita de gozo Israel, regocíjate y disfruta con todo tu ser, hija de Jerusalén… El Señor tu Dios está en medio de ti, valiente y salvador; se alegra y goza contigo, te renueva con su amor, exulta y se alegra contigo como en día de fiesta” . Es muy bueno, muy reconfortante, sentir así la mirada de Dios Padre en las circunstancias que sean. En la vida es importantísimo la perspectiva en la que vemos la realidad, y a esto ayuda el humor bueno.

No creo que cueste imaginarse a un padre, que es un científico importante, un médico reconocidísimo, un inteligentísimo ingeniero, que está contemplando a sus hijos sin que ellos se den cuenta. Son muy pequeños, y hablan entre ellos de sus cosas, de sus juguetes, de sus conocimientos, de sus enfados: pues yo se…., pues yo he visto, pues yo he hecho…También se pelean por quien sabe más y puede más.  Y el padre los mira lleno del más rico y profundo sentido del humor. Mira a cada uno de ellos, los mira y conoce sus diferencias, y sus puntos comunes, sus discusiones y contentos, sus peleas y esfuerzos. Como digo, ha sido José María Cabodevilla con su libro La Jirafa tiene ideas muy elevadas, el que me ha hecho sentirme ante la mirada de mi Padre Dios lleno de sentido del humor ante mis problemas, mis peleas, mis juicios, mis discusiones, mis convencimientos, mis encuentros y desencuentros. Y, ahora, me digo muy frecuentemente: el hombre piensa, se afana, se enreda en mil cosas, Dios ríe. Y me lo digo en primera persona: yo en este momento le doy vueltas, me encuentro en esta situación…Dios ríe.

El hombre piensa, Dios ríe. El hombre ha llegado a elaborar una ingente y meritoria obra teológica basada en la revelación divina. Pero ¿qué son las palabras de Dios en comparación con su silencio? Para conseguir este sentido del humor hace falta respetar lo esencial y saber distinguirlo de lo secundario, distinguir lo perenne y lo pasajero, lo divino y lo humano, y desde luego entre lo que es realmente importante y el mero interés o egoísmo personal. Para conseguir este mínimo de discernimiento hace falta también  un mínimo de modestia. Y por eso Cabodevilla nos recomienda la oración de santo Tomás Moro: “no permitas  Señor que me preocupe demasiado de mi mismo, ni que me conceda una importancia indebida. Dios mío, dame sentido del humor”. Quiero orar como él porque demuestra que sabía muy bien cuál era la causa más frecuente de nuestras dificultades, congojas, penas, tribulaciones, desventuras, y cual era el mejor modo de suavizarlas, moderarlas, mitigarlas

Qué necesario y fecundo es el sentido del humor.  Es como la luz en la vida. Con el sentido del humor  que refleja en  los monólogos,  Javier Montesinos Olcoz, así se llama el viajero del trayecto Madrid-Barcelona, no nos cuesta, tampoco, imaginarnos como él dice de si mismo:  riéndose después de muerto de todo lo que ha pensado y dicho en esta vida, riéndose de sus opiniones actuales, seguramente disparatadas. La despedida con el compañero de viaje, al que no hemos oído ni una sola palabra, es una proposición para encontrarse con el  a su  vuelta de Barcelona: recuérdeme que tengo que decirle algo más sobre la risa de Dios.

Publicado el abril 19, 2012 en Una ventana abierta - Hª Carmen Pérez, stj. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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