Los santos no caen del cielo

Con los santos nos ocurre como con las personas que nos encontramos en nuestra vida diaria. He dicho  una perogrullada, algo notoriamente sabido, y es una simpleza haberlo dicho. En concreto hay santos que nos parecen más entrañables, más cercanos a nosotros, muy fácil de entender su vida que está al alcance de todos. Nos producen confianza y nos sirven de consuelo y de referencia diaria.

El santo por excelencia es S. José. Su vida se resume en tres rasgos claros era un hombre justo en todo el sentido de la palabra, en toda su vida Era el esposo, y si nos resulta más cercano, el marido de María, y el padre legal de Jesús de Nazaret. Es evidente que al final de la vida se le examinó del amor como a todos los seres humanos. El hecho concreto es la familia, el pueblo en el que vivió, y  la devoción que ha suscitado en la Iglesia, en la gran familia de Dios.

Los santos no caen del cielo. Los santos suben al cielo. Ser santo requiere primero saberse amado, saberse hijo, saberse en la historia de salvación como lo sintió José, y acoger el misterio de Jesús, aunque no siempre lo comprendiera. Y después todo el ejercicio de la libertad y de la responsabilidad en saber responder a las situaciones y circunstancias.  Todos hemos de superar el examen más importante de la vida el del amor. Al final de la vida sólo se nos examinará de cuánto hayamos amado. Los que lo superan son santos.

Este es el tema de dos  Encíclicas de Benedicto XVI: Dios es caridad,  y La caridad en la verdad. Y en este tema concreto  de lo que es ser cristiano, el mensaje de cuaresma es de lo más práctico, pide reflexión sobre el corazón de la vida cristiana, la caridad. Hay una novela de Dostoievski, Los hermanos Karamazov, -sino es la mejor de sus novelas, es una de las mejores-, en la que retrata la sociedad rusa de mediados del siglo XIX y nos comunica sus inquietudes religiosas como la de lograr una hermandad real y la necesidad de tener una vivencia y experiencia religiosa auténtica en nuestra vida diaria. Nada de dualismos en algo tan vital como es la caridad.   Hay aspectos muy concretos que nos pueden ayudar a ver nuestro dualismo. Por ejemplo cuando no vemos la viga de nuestro ojo, y vemos la paja en el ajeno. Evidentemente así  estamos muy lejos de preparar nuestro  examen final, que como se dice en un chiste: “es una asignatura que no se puede ir aprobando por parciales”

Fabrice Hadjadj nos recuerda dos momentos muy concretos en los que se pone de manifiesto lo que estamos comentando. El starets Zósima cuenta la conversación con un amigo suyo médico. El starets es una persona que desempeña su función de consejero y maestro del espíritu en monasterios ortodoxos. “Amo a la humanidad, le decía su amigo médico, pero para gran sorpresa mía, cuánto más amo a la humanidad en general, menos amo a la gente en particular, como personas concretas. Más de una vez he soñado con pasión en servir a la humanidad, y quizás hubiera subido al calvario verdaderamente por mis semejantes, si hubiera hecho falta, aunque no puedo vivir con una persona dos días seguidos en la misma habitación, lo se por experiencia. En cuanto siento a alguien cerca de mí, su personalidad oprime mi amor propio y estorba mi libertad. En veinticuatro horas puedo cogerle manía a  la mejor persona: al uno porque se queda demasiado tiempo sentado a la mesa, al otro porque está resfriado y no hace más que estornudar”. Sobran los comentarios, cada uno sabemos lo que podemos enumerar de nosotros mismos.  Y más adelante Iván le dice a su hermano Aliosha: tengo que confesarte algo, nunca he podido comprender como se puede amar al prójimo. Creo, precisamente, que al prójimo es al que no se puede amar, por lo menos sólo se le puede amar a distancia. Y Fabrice Hadjadj, como es lógico, pregunta: ¿quién no se reconoce en estas confesiones?

¿Hay alguien que pueda dudar de que José es precisamente el “santo” José por su amor a la  familia, su manera de trabajar, por su trato a los vecinos  y a todos con los que convivía? Los santos no bajan de cielo, ellos son los que han subido al cielo. ¿Qué es lo que hace santos? El amor. El amor de Dios y a Dios acrecienta el amor a la familia, a los amigos, enseña la riqueza de la gratuidad. El amor se vive en las personas concretas, cercanas, en la vida diaria.  Es la sal que impide la corrupción, la fuerza que aleja el momento de la fatiga, la bondad que permite al corazón perdonar setenta veces siete. Por el amor se entra en la corriente de vida de la caridad, de Dios

La vida es estar en un lugar y en un trabajo, en unas relaciones muy concretas con los demás. No hay bonitos discursos sobre el amor, hay realidad a vivir. Y he de creer en una gratuidad, en una providencia, y en una misericordia muy positiva y fuerte, para pensar que el  que se “atraviesa” en mi camino es precisamente Dios quien me lo envía, el que tomó nuestras dolencias y cargó con nuestras enfermedades. Oímos a Jesús de Nazaret, el hijo de José, el carpintero: Nos estéis agobiados por vuestra vida. ¿Quién de vosotros a fuerza de agobiarse puede añadir una hora al tiempo de su vida? Las circunstancias nos son dadas, así como unas tareas en las que realizamos nuestra vocación. No puedo desertar: ahí es precisamente donde tengo que amar, porque sólo ahí es donde puedo amar realmente. No es verdad que no se puede amar al prójimo, y ni es a distancia, como dice el rebelde Iván.

Con el amor real, tangible, al prójimo se acabaron ensoñaciones y se vive en la realidad. Jesús, como todo hijo,  aprendió de sus padres, de José y de María.

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Publicado el marzo 19, 2012 en Una ventana abierta - Hª Carmen Pérez, stj. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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