¿Quién es quien sin Dios?

¿Quién es quien sin Dios, sin su ayuda, sin su gracia? Sin Dios no podemos creer en el hombre  ¿Y qué es el hombre si su humanidad no está centrada en la de Cristo?  Ningún hombre puede ser tan sólo el mismo y estar solamente en sí mismo. En la soledad, en la libertad, en la dignidad y la responsabilidad, hay un Tu, un Tu que se ha concretado en Jesucristo. Por eso nuestra conversión, nuestro encuentro con nosotros  mismos está en la expresión de Pablo de Tarso: es Cristo quien vive en mí.

¿Quién es María, a la que llamamos bienaventurada todas las generaciones, Pedro, Juan. Andrés, Francisco de Asís, Tomás de Aquino, Teresa de Jesús, Juan de la Cruz, Ignacio de Loyola, Francisco Javier, Teresa de Calcuta, Juan Pablo II, la persona que más admiremos y que más bien haya podido hacernos y hacer a los demás,  sin la Misericordia divina, sin el amor del Padre, sin Cristo? Sin ese Jesús de Nazaret, que como nos dice Pablo de Tarso, “en los días de su vida mortal, a gritos y con lágrimas, presentó oraciones y súplicas al que podía salvarlo de la muerte, siendo escuchado por su piedad filial. Y, aun siendo Hijo, aprendió, sufriendo, a obedecer. Y llevado a la consumación, se convirtió para todos los que le obedecen en autor de salvación eterna”

Caminamos por un sendero que se empina, y vamos subiendo y subiendo, viendo pinos, romero,  tomillo que enseña sus primeras flores. Por fin  entramos en un escenario maravilloso de naturaleza, en el que se filtran los rayos del sol. Y olemos fuertemente a monte, muy fuertemente, hasta limpiarnos los pulmones y oxigenarnos la sangre. En esa altura vemos y percibimos, con todos nuestros sentidos, un panorama maravilloso que nos invade. Y en nuestro interior nos escuchamos decir a nosotros mismos ¿qué más se puede pedir? Pues mucho más intenso y pleno puede ser para nosotros, después de haber ido por el sendero de la cuaresma, que se empina, llegar a esta quinta semana de cuaresma desde la que atisbamos ya el inmenso panorama de la Semana Santa.

Se respira intensamente  la Nueva Alianza leyendo los textos que nos presenta la liturgia de este quinto domingo de cuaresma, a las puertas de lo que es la celebración del Domingo de Ramos, de los últimos días de Jesús, de los días que llamamos santos: jueves, viernes, sábado, y domingo de resurrección, que es nuestro camino, nuestra verdad, nuestra vida, nuestro horizonte.  El texto de Jeremías, el fragmento de la carta de Pablo a los hebreos que acabo de citar, y el fragmento del Evangelio de S. Juan nos transmiten la Nueva  Alianza, el gran panorama de nuestra historia: por Jesucristo. Dios es nuestro Padre Dios, y nosotros su pueblo, su familia, sus hijos. Leer la historia de la humanidad así la llena de sentido: llegan días en que haré con la casa de Israel y la casa de Judá, una alianza nueva. No será una alianza como la que hice con sus padres…Pondré mi ley en su interior y la escribiré en sus corazones, y seré su Dios y ellos serán mi pueblo.

Queremos ver a Jesús dijeron unos griegos al judío Felipe, de Betsaida de Galilea. Y Felipe se lo dijo a Andrés y juntos se lo dijeron a Jesús. Y el Señor les habló,  nos habló a todos: si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo, pero si muere da mucho fruto. Su señal es la cruz y la resurrección y proclama que es Aquel que será la esencia de toda vida humana, que estará tras cada fisonomía y tras cada destino humano para conferirles su valor eterno.  Esta es la Nueva Alianza. “Jesucristo vino e hizo suyo el destino de cada uno de los hombres. Desde aquel momento Jesús está detrás de cada uno de nosotros, y todo lo que nos ocurre pasa por nosotros y llega a Jesucristo, el cual le da su verdadero valor. El servicio que prestamos a un hombre se lo prestamos a El y esta acción confiere a nuestra obra un valor eterno. El mal que hacemos a un hombre también se lo hacemos a Jesucristo, quien impondrá una reparación eterna, que será perdón o castigo según lo requieran la verdad y la justicia”, dice Romano Gaurdini.

Es verdad que nos brota una enorme interrogación como ha brotado desde el comienzo y estalla en el salmo 8: Señor, Dios nuestro, que admirable es tu nombre en toda la tierra. Cuando contemplo el cielo, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que has creado, ¿qué es el hombre para que te acuerdes de él; el ser humano, para darle poder? Por eso mismo,  ¿quién es quien sin Dios, sin su ayuda, sin su gracia? Sin Dios no podemos creer en el hombre  ¿Y qué es el hombre si su humanidad no está centrada en la de Cristo?

La fe en Dios requiere una fe encarnada. Y encarnada concretamente en Jesús de Nazaret y su Evangelio. El Creador, el Padre, el Amor eterno, la Misericordia se ha hecho visible en El y en la Iglesia que ha querido, con todas sus luces y sombras. Lo visible es el único camino para ir hacia el Dios invisible. Ese es el misterio y la gran realidad de la Encarnación, vida, pasión, muerte y resurrección del Señor. Los llamados dogmas, en una palabra el Credo, los sacramentos de la Iglesia, tienen este sentido: la fe en Dios es una fe encarnada. Es a través de lo visible, de la misma obra creadora de Dios, desde la que se llega a la salvación. Y en este nuestro  camino no se puede amar a Dios sin amar al prójimo, ni amar al prójimo sin amar a Dios. Estamos de lleno en la vida de lo que es de la redención del Señor, en la Nueva Alianza.

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Publicado el marzo 23, 2012 en Una ventana abierta - Hª Carmen Pérez, stj. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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