La mejor de las confianzas

Nuestra Señora de la Confianza. ¿Cómo no va a existir este título si precisamente la figura de la Madre es la de la confianza? Y un día como hoy, que para muchos tiene un sentido muy especial porque lo viven como el viernes de Dolores. El viernes en el que se coge uno de la mano de Nuestra Señora que en su dolor transmite la mejor, más segura y más firme de las confianzas: la confianza total en Dios que ha querido que los hombres tuviéramos una Madre así.

Parece que cuando uno habla de confianza surge inmediatamente la presencia de la madre. El empobrecimiento de la familia, de lo que significa la madre en la familia es el empobrecimiento de la cultura, de la sociedad, de la persona.  Chesterton, el gran autor británico, maestro de la paradoja y del sentido común, como se le ha llamado, escribió un libro: La mujer y la familia, de profundo sentido cristino. El contenido se resume muy bien en una expresión suya, y muy significativa de su estilo: quienes hablan contra la familia no saben lo que hacen, porque no saben lo que deshacen.

Hablar de la familia en sentido cristiano es hablar de la madre y de la mejor de las confianzas. La confianza es esperanza firme, que se tiene en alguien. La confianza da ánimo, aliento, y vigor para vivir. La confianza implica trato íntimo, fidelidad. Nuestra vida descansa en la confianza, que supone la fidelidad de la persona en la que se confía. Realmente fidelidad y confianza son las dos caras de la misma realidad. Confianza, fidelidad, esperanza, suenan por una parte como algo muy grande, demasiado grande,  pero en la realidad de nuestra vida  es la necesidad más sencilla y cotidiana.

La mejor de las confianzas no es de ninguna manera la vivencia de la persona que cree que todo depende únicamente de sus esfuerzos. La mejor de las confianzas es la que experimenta un hijo en su madre. Por eso Dios creó la familia, Y después ha “sobrenaturalizado” la familia al encarnarse en una mujer, y decirnos en el momento cumbre de la redención humana, en el momento de su más tremenda soledad y dolor: Hijo ahí tienes a tu madre, Madre ahí tienes a tu hijo. Precisamente el problema es cuando uno vive convencido de que todo depende de sus esfuerzos, de que brilla por mérito propio. Lo que es la mejor de las confianzas, aunque de momento parezca una contradicción, no es una pobre vivencia de la persona que quiere que todo dependa únicamente de sus esfuerzos. Quien así piensa no sabe confiar, ni tiene esperanza, ni sabe de la fidelidad. La mejor de las confianzas es saberse bajo la mirada de una Madre a la que se invoca y a la que se reza.

Qué bien expresa Sta. Teresa de Jesús esta presunción de confianza que es engaño, falsedad, soberbia. Esa falsa seguridad del que ha cerrado muy bien la puerta de su casa por miedo a los ladrones y se los ha dejado dentro, porque se ha quedado encerrado consigo mismo, el peor ladrón del propio castillo interior, de la propia condición.  Creemos en nosotros mismos, creemos que lo tenemos todo hecho, y es el peor de los males. No os aseguréis ni os echéis a dormir, dice ella,  que será como el que se acuesta muy tranquilo habiendo cerrado muy bien sus puertas por miedo de los ladrones, y se los deja en casa. Y ya sabéis que no hay peor ladrón, pues quedamos nosotros mismos.

Se puede vivir confiando de esta falsa manera  en uno mismo, con esta falsa seguridad y paz. Se puede vivir sin rezar, sí, se puede vivir. Pero tarde o temprano qué horizonte más pobre, más reducido, más desesperado. Y ¿se reza de verdad sin experimentar confianza? Cuando se reza, se anhela, se siente la fuerza que viene de un Tu que me rodea, que me cobija, que me protege, que me ayuda en mi dificultad, que me anima y conforta, que me estimula y del que me gusta como me mira, esté como esté, y me encuentre como me encuentre a mi mismo.  La verdadera fe hace entrar en la duda no de Dios, sino de uno mismo. Esta es la experiencia del verdadero creyente, la mejor de las confianzas, la confianza en Dios.

La humildad es precisamente la primera necesidad humana, la que genera la auténtica confianza. Porque la humildad es la experiencia de la absoluta gratuidad en nuestra relación con Dios y con todo lo que existe. Y la humildad no consiste en rebajarse a uno mismo, consiste en andar en verdad, en dejarse levantar por Dios, como dice Teresa de Jesús, en el reconocimiento de sus “mercedes”. Y después en levantar a los demás ante la propia mirada.

La verdadera humildad y confianza se alegra en la ayuda de Dios, y en alegrarse del bien del otro como del suyo propio .Una fe que nos llevara a estar muy seguros de nosotros mismos sería una fe según nuestras propias medidas, según nuestras propias luces, seríamos peores que los ateos que de alguna manera, aunque lo nieguen, experimentan la existencia de Dios. Si no hubiera Dios, no habría ateos, dice Chesterton.

Dios ha querido inspirarnos la mayor de las confianzas como podemos sentir en sus últimas palabras en la cruz: Padre, Tu perdónalos porque no saben lo que hacen y  Madre, tú ahí tienes a tu hijo. Es verdad, quienes no viven de la más grande de las confianzas del cristiano en su Padre Dios, y en María su Madre, no saben lo que hacen porque no saben lo que destruyen.

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Publicado el marzo 29, 2012 en Una ventana abierta - Hª Carmen Pérez, stj. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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