Todo empieza a partir de un encuentro

¿A que sí? ¿A que todo en nuestra vida empezó y empieza por un encuentro?

La vida es un encuentro que permite el descubrimiento y el crecimiento de uno mismo, e implica un proceso también del descubrimiento del otro. Así las relaciones no son sólo personales sino “personalizantes”. Martin Buber es conocido por su existencialismo religioso centrado en su pensamiento de la relación.  Ve dos clases de relaciones: las directas o mutuas, a las que llamó “la relación Yo-tu” o diálogo, en las que cada persona confirma a la otra como valor único; y las relaciones indirectas o utilitarias a las que llamó yo-él o monólogo.

También dijo otra idea que me parece fundamental para el tema del encuentro que estamos tratando: religión significa hablar con Dios, no hablar sobre Dios. Pues esto nos sirve de introducción para comprender el encuentro  y que todo empieza a partir de un encuentro. Y sobre todo si este encuentro se da en el plano más profundo, de tal manera que transforma la vida. Entonces se produce un auténtico diálogo, una relación Yo-TU. Eso es lo que les pasó a Andrés, a Juan, Pedro, a Nicodemo, a la Samaritana, a Zaqueo, a Pablo. Sigan la lista interminable hasta hoy, hasta ese amigo nuestro con el que sentimos algo que nos obliga, que nos conmueve, que saca lo mejor de nosotros mismos, que nos hace fácil sentir a Jesucristo.

Por ejemplo, el  primer encuentro que nos relata el Evangelio. Empezamos a saber de Andrés en una escena deliciosa del Evangelio. Nos lo cuenta el Evangelista S. Juan en el primer capítulo: el Bautista acompañado de algunos de sus discípulos, ve a pasar a Jesús y Juan exclama: “He aquí el Cordero de Dios que borra los pecados del mundo” Se esta refiriendo al HECHO que el día anterior había vivido en el río Jordándel bautismo de Jesús.

Hechos. Siempre Hechos. Como los Hechos de los Apóstoles. Porque lo importante es el acontecimiento de Cristo, el hecho de que se hace hombre, el hecho de que nos habla, el hecho de que se enfrenta a los fariseos, el hecho de que se le acercan los sencillos y limpios de mirada, el hecho de que instituye la Eucaristía, el hecho de su angustia en Getsemaní, de su muerte y resurrección. Esto es lo radical y fundamental.  Pasar del terreno de las ideas al de los hechos, al de los acontecimientos, a lo que  sucede. Nosotros hablamos de lo que nos sucede. Y esa es nuestra vida: después de dificultades grandes he encontrado un  trabajo, un trabajo estupendo; me han venido a ver unos amigos de verdad; he conocido a una persona formidable…Nos estamos refiriendo siempre a acontecimientos vividos, como nos narra el Evangelio.

Y seguimos con Andrés y con Juan, que van a tener “el gran ojo” de ver a Jesús. Los discípulos, que están con Juan el Bautista, ante su afirmación, se callan. Sentimos sus miradas dirigidas respetuosamente hacia ese Jesús, cordero de Dios, que quita los pecados del mundo. Nadie se mueve, y Jesús pasa. Y el relato de lo sucedido sigue: al día siguiente está Juan el Bautista con dos de sus  discípulos, uno que también se llama Juan, -que es el que nos lo cuenta-, y Andrés.  Se fija, otra vez, en Jesús que pasa y vuelve a decir: He aquí el Cordero de Dios.  Y ahora viene lo bueno, Juan y Andrés siguen a Jesús. Así de natural y de fácil empezó todo para Juan y Andrés. Jesús se vuelve y al ver que le seguían les dijo: ¿Qué buscáis? Rabbí, (que quiere decir Maestro) ¿dónde vives? Venid y lo veréis. Fueron y vieron y permanecieron con El aquel día. Relaciones personalizantes que decíamos al principio. Relación de diálogo en los que cada persona confirma a la otra como valor único. Relación Yo-TU. No hablar sobre Jesús, sino con Jesús.

Nos conmovemos al pensar en las conversaciones sostenidas aquella tarde entre Jesús, Andrés y Juan. Lo deducimos por las consecuencias. Eso fue experiencia del misterio, de lo eterno, en el aquí y ahora. Igual que nos puede pasar a todos cuando vivimos un encuentro. Esa amistad que nos “provoca” y “nos sacude”, que nos hace intuir a Alguien, esas personas que nos enganchan  y sentimos que se  pone en marcha toda nuestra humanidad. Nos cuentan lo que les ha sucedido a ellas, y vemos como actúan. Andrés busca a su hermano Simón  Pedro y le dice: hemos encontrado el Mesías. Nuestra pobreza o riqueza es: si nos hemos encontrado o no con Jesús. Aquí está todo el sentido de nuestra vida.  Andrés abandonó sus redes y siguió a Jesús.  Experimentó una correspondencia inmediata, abrazó su realidad. Vivió a Jesucristo como lo verdadero, lo concreto, lo real que movió toda su experiencia. Ahora es un Apóstol que sigue contando, a través de unos y otros, lo que le sucedió. Lo que nos conmueve es lo que le sucedió a Andrés: se encontró con Cristo.

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Publicado el septiembre 18, 2012 en Una ventana abierta - Hª Carmen Pérez, stj. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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