El Dios de cada día

Así se llama un programa de Radio María y me ha encantado el nombre del programa. El Dios de cada día, el Dios viviente, en el vivimos, nos movemos y existimos.  He preparado uno para ese espacio y mi experiencia ha sido querer expresar y vivir lo que significa “el Dios de cada día”

El año pasado con ocasión de la publicación de la carta Apostólica de Benedicto XVI, La puerta de fe, abrimos la ventana con este horizonte: cuando se cruza ese umbral.

Lo que acontece como dice el Papa cuando se cruza el umbral de la fe es creer en Dios Padre, Hijo, Espíritu Santo. Y esto no es nada teórico, ni ajeno a mi vida. Todo lo contrario porque así toda cobra sentido y se ve la realidad del hombre en la creación y la redención: creer en un Dios Padre que es amor. Y llegada la plenitud de los tiempos envió a su Hijo para nuestra salvación. Es es nuestro camino, nuestra verdad y nuestra vida. La fe en la Trinidad es la certeza de que Dios nos ama, nos habla, nos conoce. El Espíritu Santo es el Espíritu de Dios que guía a su pueblo, a su Iglesia, a cada uno. De una manera tan concreta y sin perder nada de su inmensidad, ni de su inimaginable grandeza, se nos muestra quien es Dios.

Me ha hecho pensar y me ha causado alegría ese “diario”  Dios de cada día. El Dios de cada momento, de cada situación. Mi razón y mi corazón abiertos a reconocer con tantas personas al Dios de cada día, y sentir de esta forma concreta la cercanía de los que así sienten y viven a Dios. Una persona me contó que “por casualidad” sin buscar ningún dial, iba en el coche,  escuchó ese programa de Radio María. Le había sorprendido, oír de pronto, mientras iba conduciendo, con el estado de ánimo tan angustioso que llevaba: El Dios de cada día. Y se conmovió  por la situación tan dura que en aquel preciso momento estaba viviendo. Se sintió mirado, acompañado.

Por “casualidad”. Esa es la diferencia de sentir el Dios de cada día, el Dios viviente, el Dios que todo lo mira. Y le comenté que la casualidad no existe, es la Causalidad divina. Esa enorme y gran realidad: el azar, la suerte, las circunstancias son el nombre humilde de la Providencia divina. Es verdad, en todo hecho, en todo acontecimiento hay una mirada y el mirado somos cada uno. El Dios invisible se nos presenta a diario a  través de cosas sencillas, como puede ser que esta persona sin quererlo se encuentre de pronto con una voz que dice: el Dios de cada día.   Hay unos ojos que todo lo ven y a los que no se les escapa nada de cuanto puede sucedernos.  Es  lo mejor que nos puede pasar sentir lo que significa “el Dios de cada día”. Siempre, y sobre todo cuando las cosas no van de acuerdo a nuestros planes, saber reconocer que nada se escapa a la Providencia divina. Hace bien abrirnos a reconocer lo que quiere significar este programa: el Dios de cada día. El Dios viviente, el que nos mira y llega hasta donde estamos.

Y he vuelto a leer “La puerta de la fe”, la carta que Benedicto XVI escribió precisamente el año pasado el 11 de octubre para que redescubramos la fe, al Dios de cada día. Esa puerta de la fe está siempre abierta a todos nosotros, se cruza este umbral cuando emprendemos un camino que configura toda nuestra vida y dura toda la vida. Así emprendemos un proceso personal de decisión interna que supone algo definitivo.

Me gusta muchísimo Benedicto XVI, ya me dicen que se me nota. Me hace un bien enorme en mi vida diaria, en mis dificultades y también me ensancha y abre el horizonte.  Desde siempre me “he encontrado” con él a través de sus escritos,  ya cuando era el Cardenal Ratzinger. Y ahora en concreto quiero abrirme con toda mi corazón y mi razón a lo que vamos a comenzar a celebrar el 11 de octubre hasta el 24 de noviembre de 2013, solemnidad de Cristo Rey. El Papa ha pensado en una doble conmemoración: se cumplen cincuenta años de la inauguración del concilio Vaticano II y veinte años de la publicación del Catecismo para la Iglesia católica, promulgado por el beato Papa Juan Pablo II.

¡Abrir la puerta de la fe y cruzar ese umbral¡ Sería muy bueno pensar lo que puede  significa cruzarnos cruzar realmente  ese umbral. Nos decimos “creyentes” o “no creyentes. ¿Somos coherentes con lo que eso supone? Atravesar esa puerta supone emprender un camino que dura toda la vida.

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Publicado el septiembre 24, 2012 en Una ventana abierta - Hª Carmen Pérez, stj. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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