Para todos los momentos

Eso es la oración de Padre nuestro la oración para todos los momentos, la oración que nos une y conforta.

Precisamente en estos momentos de necesidad de una profunda regeneración, de una urgencia de sanear tantas actitudes, tantas cosas, necesitamos sentir la inmensidad de lo que gratuitamente se nos ha dado, el cambio que supone, -y no lo digo en potencial “supondría”- para las personas y la sociedad, la alegría de los actitudes y sentimientos, la confianza, el estimulo que genera la auténtica fe en Cristo, Dios hecho hombre.

Todo lo que nos ocurre, todas las circunstancias nos pueden llevar a un renacimiento en  la fe. Como ha ocurrido y sigue ocurriendo,  tanto en personas sencillas, como en grandes intelectuales y escritores. Empezaron sintiendo la necesidad de refutar, por honradez y justicia, las falsedades y perturbaciones, y acabaron siendo los más fervientes creyentes. Sí,  me estoy refiriendo por ejemplo a mis amigos Chesterton y Lewis.

Pienso en una realidad que tenemos todos, todos, a mano. La afirmación que supone en nuestra vida la sencilla e impresionante oración del Padre nuestro.  Contra la provocación imperante no sólo hay que ser valientes y manifestar fuerte y claro la ignominia que supone tantos hechos bochornosos sino orar. Lo  que supone pronunciar desde el fondo de nuestro interior la oración del Padre Nuestro.

No sólo hay que refutar sino sobre todo experimentar la grandeza de lo que afirmamos y queremos vivir. Y esa forma de experimentar es la de ser conscientes  de lo que supone para todos el Padre Nuestro. Es impresionante pensar en esa oración que nos conforta y nos une. Dice el Papa Juan Pablo II “En el orden espiritual y como don del Espíritu Santo, la piedad no consiste en el hecho de recitar oraciones, de ser piadoso. Es el don del Espíritu Santo el que nos permite considerarnos respecto a Dios como hijos que se dejan gobernar por El, porque le reconocemos primero como Padre más que como Señor soberano del universo” A esto me refiero cuando digo que tenemos que orar.

Muchas veces he pensado, puedo resultar  ingenua e idealista,  que si fuéramos sin prejuicios, sin desconfianzas, si actuáramos con el corazón abierto, la oración del Padre nuestro sería una oración para rezar todos, todos los hombres de todos los tiempos y de todas las razas. Para empezar puede ser la Buena y grande noticia para el mundo entero. Es una plegaria que cualquier hombre puede decir y sentirse mejor, infinitamente mejor. Todos podemos saborearla y decir: creo en un Dios que a todos nos hace hermanos, que quiere que nos ayudemos unos a otros y que demos lo mejor de nosotros mismo. Esas peticiones que contienen el Padre nuestro son vitales, nos abren a un Dios que es un Padre lleno de misericordia y le pedimos que nos alimente, sentir que nos perdona y desde ahí aprender a perdonar, que nos mira y protege, aunque no lo veamos en nuestros problemas, dificultades y males. Pone de manifiesto lo auténticamente personal y comunitario de la persona. Es la más rica teología del mundo.

Claro, empezar a orar pensando que hay Alguien que ya me ama. Porque es evidente que el padre ama al hijo, antes de que el hijo ame al padre. Quizá en nuestro interior hay unos pobres prejuicios de Quien es Dios y de Quien es para nosotros. Pues es bien sencillo empezar sintiendo y sabiendo que estoy en la vida porque un Padre lo ha querido.  Aquí si que podemos decir, déjame de ideologías de pobres razonamientos  y vamos a ver, juntos,  que oración puede ser mejor que el Padre nuestro. Además como me decía una amiga, Catalina, el Padre nuestro lo rezas cada vez de una manera distinta, según en la situación en que te encuentras. Puede ser llena de alegría, o de angustia y confusión, o de esas necesidades que cada uno sabe en su interior

Es la oración que nos une, no nos separa de nadie, no pide nada que no sea para todos. Decir Padre es expresar la necesidad radical que todos tenemos de familia, de amistad que nunca falla, de seguridad absoluta, cobijo, mirada que conforta, amor incondicional. Si estoy aquí es porque tengo un Padre que espera de mí, soy valioso. Al empezar se nos llena el corazón con la idea de Padre y de cielo.  La  idea del cielo, de gloria es algo que llevamos en lo más profundo de nuestras propias entrañas. Cielo, gloria, salvación, paz, gozo, plenitud, ser alimentado, agasajado. La alegría de un niño con su Padre, el legítimo deseo de agradar  y sabernos de Su agrado. Sentir la plenitud de nosotros mismos en todo lo bueno, lo noble, lo grande. El “nombre” suena a respeto a confianza a seguridad. El nombre es la persona. Aquello de Unamuno: el hombre siempre ha querido conocer a Dios. ¡Dime tu nombre¡ ¡Tu nombre es tu esencia¡ ¡Dime quién ere sí…Dímelo Señor. Tu nombre sin velo, sin enigma, sin misterio. Tu nombre que es verdad, luz.  Conocer tu nombre, pronunciar bien tu nombre,  es  alabanza. Y al pronunciarlo de verdad, con todo el corazón, al llamarte Padre me hago mejor, me siento interiormente mejor.

La oración que nos une, porque nos hace admitir nuestra dependencia de Dios, nos hace reconocer que nos somos dueños de la vida, sino que la vida es obra de Dios. Nuestra cultura contemporánea, dice Juan Pablo II, es una cultura de impiedad, dado que el hombre quiere hacerse hoy señor de la vida, tanto en su origen como en su término.

La oración que enseño Jesucristo a los hombres es la oración del hijo que confía en el Padre y le siente plenamente en toda su vida.

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Publicado el septiembre 25, 2012 en Una ventana abierta - Hª Carmen Pérez, stj. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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