Se cree en las personas

Claro, realmente se cree en las personas, decía un amigo ante una situación muy concreta.

Creer en una persona significa  ya por lo tanto una riqueza interior, una apertura, una manera de ser y estar en la vida. Nadie cree en una persona si en ella no hay capacidad para todo lo que significa creer. El que no es capaz de creer, no es capaz ni de fidelidad, ni de confianza. Creer estener por cierto algo que sólo el entendimiento no lo alcanza o que no está comprobado, ni demostrado. Creer  es dar asentimiento, crédito, confianza a alguien y en alguien. El creer y confiar es horizonte de la vida, apertura, la base de toda  relación humana. La fidelidad nos parece hoy demasiado difícil y grandiosa ante la complicada realidad de nuestra vida. Pero es cierto que todo descansa en este creer en personas concretas.

Pues esto es el cristianismo: creer en una persona, en Jesucristo. ¿Nunca me habéis de creer? preguntaba Jesús constantemente. Sois ciegos que guiáis a otros ciegos. Si fuéramos conscientes de la sencillez de lo que significa el cristianismo comprenderíamos lo que significa realmente creer en una persona. O si supiéramos lo que es creer en una persona comprenderíamos que ser cristiano es creer en una Persona, en Jesús de Nazaret, con todas las consecuencias que implica creer en alguien.

Por eso ser cristiano es una vocación al amor y la verdad. Es cierto que esta es la vocación de toda persona. Todos los hombres, nos recuerda Benedicto XVI en la carta La caridad en la verdad, perciben el impulso interior de amar de manera auténtica: amor y verdad nunca abandonan completamente, porque son la vocación que Dios ha puesto en el corazón y en la mente de cada ser humano.

El cristianismo es la respuesta a todas las preguntas del ser humano,  a su realidad, a su verdad,  a su necesidad. Esta vocación del ser humano al amor y a la verdad es manifestada por Jesucristo. En El, como camino, verdad y vida, la vocación está  libre de todas las limitaciones humanas y la hace plenamente posible: os llamo amigos. ¿Qué somos los hombres? Somos los seres creados como destinatarios del amor de Dios, y por eso nos convertimos en sujetos de caridad, y nosotros mismos somos los instrumentos de ese amor, a lo largo de los tiempos. Somos los instrumentos  del amor de Dios para difundir su caridad y tejer las  redes de esta caridad. Esta es nuestra realidad y la verdad de nuestra vida. En caso contrario ahí estará nuestro tremendo y error y equivocación. Mi vida tiene que ser un Sí a este amor.

Claro, es evidente que no podemos  los hombres por nosotros  mismos abrirnos a esta vocación, a esta llamada al amor y la verdad. Todo es gratuidad.  Sólo abriéndonos a Dios,  podemos ser felices y realizarnos plenamente. Dios ha pronunciado el sí más grande al hombre en su hijo Jesucristo,  al que cada uno ha de responder. Nadie puede  lograr por si mismo este creer en las personas,  este amor, esta fraternidad. Aunque no se sea consciente de ello, la fraternidad nace de Dios Padre, que nos amó primero y nos enseñó por Jesucristo, llegada la plenitud de los tiempos,  lo que es la caridad fraterna.

Todo hombre recto siente en su conciencia la llamada al bien común. Esta vocación viene de Dios: sólo si pensamos que se nos ha llamado individualmente y como comunidad a formar parte de la familia de Dios como hijos suyos, seremos capaces de forjar una vida nueva, un pensamiento nuevo y sacar nuevas energías al servicio de un humanismo íntegro y verdadero. Ser cristiano es un estilo de vida como consecuencia de que se cree en una Persona. Este es el gran problema y la gran crisis de nuestro momento. Y esto es lo que nos incumbe a cada uno y el  reto de nuestra situación concreta.  Lo más necesario e inmediato para cada uno de nosotros es ver que todas las relaciones humanas se basan en la veracidad, en la fidelidad y en el amor y ser consecuentes. Vivirlo así en la vida diaria. ¿Y de dónde puede brotar todo esto si no es de un Dios personal, que se hace uno de nosotros?

Dice Paul Claudel que el enfermo y el santo es alguien a quien Dios no deja tranquilo.  Se cree en la persona que puede carecer de todo menos de la fuerza esencial y tenaz con la que lucha y vive, con la que se mantiene en la vida. Creemos en la persona que vive intensamente, no como una autómata. Sabe dar respuestas, no réplicas. Creer en la persona significa comunión con ella y presencia viva junto a nosotros. Comunión y presencia que es atención. Al creer en una persona nos abrimos a todas las cosas buenas y hermosas que se nos ofrecen, y se cumple en nosotros los anhelos para los que Dios nos creó.

No es lo más grande y rico que puede pasar en la vida decir sí, consentir al amor de Dios, creer en el amor de Dios, creer en la persona de Jesús de Nazaret? Y este creer es creer en la Presencia y Comunión con Dios que no puede dejar ni un resquicio de nuestro interior  que no este lleno de esta amistad, ni un resquicio en nuestra vida.  Estemos muy atentos, como aquellos mineros, ¿recuerdan? encerrados en la mina de S. José,  a esta llamada insistente y personal de nuestro nombre por Jesucristo.

Se trata de entrar en la nueva vida que genera la fe en una Persona: Jesús de Nazaret.

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Publicado el septiembre 27, 2012 en Una ventana abierta - Hª Carmen Pérez, stj. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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