Lo más importante de la vida

Quizá lo más importante de la vida se nos pone de manifiesto en momentos críticos, en que nos  parece que todo se nos hunde, o que nos ocurre algo que nos cambia todo.

¿Qué sentimos y qué hacemos, qué le decimos cuando vemos a una persona que está sufriendo, como desvalida, sin rumbo, baja de todo, y queremos comunicarle y que ella sienta qué es realmente lo más importante de la vida? Muchas veces podemos decirnos a nosotros mismos lo que decimos a esa persona a la queremos y deseamos lo mejor para ella.

Mi corazón y mi cabeza me dicen que  lo más importante que podemos comunicarle es que descubra su relación con la Persona que la hizo. Que sienta y  viva la relación fundamental de la vida.  Que descubra por sí misma su norte y su sur, su orientación. Su familiaridad con la vida, los lazos que le dan sentido, dependen de esta relación fundamental.  Mientras esa relación no se establezca, ninguna seguridad, ningún logro, ninguna fama o fortuna podrá satisfacerla. Todos, tarde o temprano, tenemos esta misma experiencia, que rechazamos o nos abrimos a ella. Cantidad de situaciones que vivimos de todo tipo, o de planes y proyectos que queremos hacer, y en fin, ante muchas circunstancias, uno siente la necesidad de pararse y preguntarse, para sentir internamente la respuesta, no de cara a nada, ni a nadie, sino ante sí mismo: ¿Qué es lo más importante de la vida, de mi vida? ¿Cuál tiene que ser la realidad más importante para mí?

Quizá en un primer momento, creo que todos estaríamos de acuerdo, sentimos la necesidad de sentirnos mirados, de la compañía, de las relaciones humanas. No somos dos cosas: una en nuestra dimensión individual y otra en la relación con los demás. El tú, el prójimo, no es que participe en mi constitución, sino que sin él yo no soy. Familia, amigos, compañeros de trabajo, es nuestra forma de vida. Todo esto es así porque Dios es la Persona que nos hizo y nos quiere como seres que se realizan en el amor, por el amor y para el amor. Esa es la primera mirada que hemos de sentir porque Él ama todo lo que ha creado. Vivimos gracias a la mirada de Dios sobre cada uno de nosotros. Por eso nuestras relaciones  están basadas siempre en el amor, sea con la familia, en el ámbito profesional, sea en los tiempos de ocio. Siempre necesitamos sentirnos ante su mirada,  y así respetarnos, comprendernos, saber unir todo. Las empresas que se olvidan de lo humano y utilizan a los empleados como si fueran máquinas para que produzcan cada vez más y se olvidan de la humano, son destructivas. Estamos para aprender unos con otros, relaciones que van desde las más íntimas hasta las relaciones aparentemente poco importantes, como por ejemplo las que tenemos con las personas en las tiendas que compramos o en las diferentes instituciones a las que acudimos. Pero la relación de origen, la que es como el centro del que salen todos los radios es lo que estamos diciendo: Dios, y Dios Amor. La mayor parte de los problemas por los que pasamos las personas y los que más dolorosamente nos marcan son los problemas de no haber descubierto nuestra verdadera relación con Dios o de haberla perdido.

Hay muchos testimonios de ello. En este momento no cuento con el permiso de algunos chicos, hoy padres y madres de familia, pero espero poder hacerlo algún día. Me voy a fijar en lo que supuso para un hombre, de una inteligencia brillantísima, profesor de una de las universidades más prestigiosas del mundo, crítico reconocido mundialmente, y uno de los más prestigiosos nombres de la cultura anglosajona. Nos lo cuenta Armand M. Nicholi en la Cuestión de Dios en el que C.S. Lewis, a cuyo testimonio me refiero, y Sigmund Freud debaten acerca de Dios, el amor, el sexo y el sentido de la vida.

Le ocurrió cuando tenía treinta y un años. El cambio revolucionó su vida, llenó su mente de sentido y significado, y aumentó su productividad de forma impresionante., también alteró radicalmente sus valores, la imagen de sí mismo y sus relaciones con los demás. Esto es lo que yo  hoy quisiera saber comunicar. “Descubrió su relación con Dios”. Esta experiencia le volvió del revés, y hacia fuera, de estar centrado en sí mismo a centrarse en los demás. Incluso le cambió el temperamento. Personas que le conocieron antes y después de su conversión escriben cómo se hizo más reposado con una quietud y tranquilidad interiores. Una alegría animosa reemplazó su pesimismo y desesperanza. Los que trataban  con él, hablaban de su alegría y calma. Él se refería a esta experiencia como su conversión. Entendía por conversión una experiencia en la que se siente una definitiva y decisiva adhesión a la fe religiosa. Jesús habla de volver a nacer. Este volver a nacer es el comienzo de la relación con la Persona que nos dio el ser, nuestro Creador. Muchos hombres y mujeres han experimentado esta conversión, y describen en sus escritos experiencias que transformaron radicalmente sus vidas.

Lewis reconocía en sí mismo un deseo profundo de que Dios no existiera. Su comprender lo más importante de su vida fue su historia central. Se dio cuenta de que ninguna relación humana podría satisfacer la nostalgia, ese deseo insatisfecho que sentía  más deseable que cualquiera otra satisfacción. En el comienzo lo llamaba Alegría.  Luego vio que era la Relación con la Persona que le hizo. Podía abrir la puerta o cerrarla, Eligió abrir. “Era en verano. Cedí, admití que Dios era Dios y, de rodillas, recé. Quizá fuera, aquella noche, el converso más desalentado y remiso de toda Inglaterra”. La realidad más importante de nuestra vida es la relación con la Persona que nos hizo. No podemos hacer nada mejor que vivir y refugiarnos en la mirada de Dios.

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Publicado el septiembre 12, 2013 en Una ventana abierta - Hª Carmen Pérez, stj. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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