Necesidad de ver desapasionadamente la Iglesia

La mitología es una búsqueda. Los elementos mitológicos no eran realidades. Un cuadro puede parecer un paisaje pero no es un paisaje.  Esto nos puede ayudar a comprender lo que es la realidad, el hecho, el acontecimiento de la fe cristiana que no tiene nada de mitología.

El cristianismo es superior a la creación porque la redención realizada por Jesús  es la plenitud de la vida. La Iglesia  contiene lo que no contiene el mundo. La misma vida no atiende tan bien como Ella a todas las necesidades que comporta e implica realmente el vivir. Nadie puede hacer algo más grande que el Credo, profesión de fe que abarca absolutamente todo lo que pueda pensarse para la dignidad y la vida humana.

Iglesia, dice “el youcat”  viene del griego “ekklesia”, los convocados. “Todos nosotros, quienes hemos sido bautizados y creemos en Dios, somos convocados por el Señor. Y juntos somos la Iglesia. Cómo dice san Pablo, Cristo es la Cabeza de la Iglesia, nosotros su Cuerpo”. Nunca es la Iglesia una mera institución, nunca sólo la “iglesia oficial” que tantos rechazan. Es pueblo de Dios, familia de Dios. Claro que nos irritan las faltas y defectos que se dan en la Iglesia, pero eso no puede distanciarnos de ella, porque Dios la ha querido y no se aleja de ella a pesar de todos sus pecados y errores. La Iglesia es la presencia de Dios entre los hombres por eso siempre sobrevive a las persecuciones, y sobre todo a sus debilidades y rendiciones. Cuando la fe cristiana parece acabarse siempre vuelve a empezar. Al final se dará plenamente, como en Cristo, la muerte y la resurrección.

Dice Chesterton que el “regreso del olvido”, que es el comienzo de la conversión, se expresa en los términos de una necesidad de ver desapasionadamente la realidad de la Iglesia, y también  en la  voluntad de ver la realidad tal como es. El quiere esta honestidad intelectual para los que nunca han conocido la fe católica, para los que la han abandonado y también para los que se llaman hijos de la Iglesia pero que no viven, ni practican lo que la Madre les enseña, les muestra, les entrega.

La Iglesia de Cristo nos da, en la vivencia auténtica de los sacramentos, el verdadero plan vital para nuestra vida. Si queremos de verdad vivir con la plenitud a la que hemos sido llamados y para lo que hemos nacido, esto sólo es posible desde los parámetros de Dios, desde sus medidas y modo de hacer. Es verdad que sus propuestas parecen imposibles en sí mismas, pero esto no significa que sean imposibles para nosotros porque Dios lo ha querido así. Por ejemplo es un hecho cierto que la concepción de Cristo del matrimonio no se ajusta lo más mínimo a las condiciones de Palestina en su tiempo. Su concepción del matrimonio se centra en el aspecto sacramental tal y como lo ha desarrollado más tarde su Iglesia. Y lo mismo podemos pensar del sacramento del perdón, de la confesión. Cristo nunca hizo depender su doctrina moral de las condiciones sociales o políticas de su tiempo. Y pensemos en lo que es el acontecimiento cumbre de la vida de la Iglesia: la Eucaristía, el hecho central de la Historia, la fuerza decisiva en la vida de cada persona de la que después pueden provenir cambios. En la Eucaristía todo forma una unidad: el reconocimiento de nuestra condición, la palabra, la oración, la acción de gracias, la presencia real del Señor, el sacrificio,  la comunión.

Los católicos producimos escándalo por la falta de coherencia en nuestra celebración de los sacramentos. Mucha gente sigue celebrando los sacramentos como el Bautismo, la Confirmación, el Matrimonio como un acto más o menos  social, en los  que hay que emperejilarse, adornarse con profusión y esmero, un banquete, y dar comienzo a una nueva  etapa, sin ser conscientes, y sin vivir lo que realmente significan. Sus contenidos se han vuelto ajenos para muchos, por no hablar de vivir según ellos. Hay veces que nos puede venir a la mente y al corazón lo que dice Tolstoi en Ana Karenina: “¡no sigas¡, por favor. Cristo jamás habría pronunciado esas palabras si hubiese sabido el mal uso que haríamos de ellas”. Esto es algo que puede decirse de los sacramentos, ya sea por lo mal que los vivimos, o porque no parecen oportunos a los ojos de la sabiduría humana.

El plan vital, la mirada nueva sobre la persona, el signo sensible y eficaz del amor de Dios, instituido por Cristo, eso son los sacramentos.  La fe no es algo etéreo, se adentra en el mundo material, es para vivir el mundo concreto en que vivimos. Mediante los signos del mundo material entramos en contacto con Dios. Los signos son expresión de la corporalidad de nuestra fe. Los sacramentos son una especie de contacto con el mismo Dios. Demuestran que la fe no es puramente espiritual, sino que entraña,  genera comunidad, incluye la tierra, nuestro diario vivir. Lo esencial es que los sacramento expresan la comunidad, la corporalidad de la fe, y al mismo tiempo explican que la fe no procede de nosotros mismos. Y, como toda acción de Dios, quedan confiados a nuestra libertad; no actúan mecánicamente, sino en conjunción con nuestra libertad.

“Sólo la Iglesia Católica, dice el convertido Chesterton, puede salvar al hombre ante la destructora y humillante esclavitud de ser hijo de su tiempo. Una persona que se convierte al catolicismo, llega, pues, a tener de repente dos mil años. Esto significa, si lo precisamos todavía más, que una persona, al convertirse, crece.         La Iglesia, ¡una catedral! A ella se parece todo el edificio de mi fe; de esta fe mía que es demasiado grande para una descripción detallada; y de la que, sólo con gran esfuerzo, puedo determinar las edades de sus distintas piedras”.

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Publicado el noviembre 21, 2013 en Una ventana abierta - Hª Carmen Pérez, stj. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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