¿Nos hacemos preguntas a la luz del Evangelio?

Claro hay muchos, muchos tipos de preguntas. Pero ¿no hay algunas preguntas que a solas con nosotros mismos nos la hacemos todos?

Hace mucho tiempo, pero siempre se me ha quedado dentro, una persona en la que yo siempre he confiado, me dijo algo que de momento me desconcertó, después me ha hecho mucho bien: “hay un tipo de preguntas a las  que Dios no responde. Y hay otras que parece no contestar. Pero realmente sus afirmaciones  son para nosotros  las grandes  preguntas  a las que hemos de dar una respuesta”.

La vida es diálogo. Lo importante es como lo vivimos. Hay preguntas que realmente ya no admiten respuesta. Son preguntas equivocadas, preguntas que son expresión de nuestros errores, de actitudes ni buenas, ni sanas. Primero hay que mirar de dónde arrancan nuestras preguntas.  A veces somos como los fariseos, como Caifás, como Pilato, como el joven rico, etc.

Podemos acercarnos al Evangelio desde esta perspectiva: el tipo de preguntas que se le hacían a Jesucristo y las respuestas que daba o no daba. Todos sabemos que hubo preguntas que iban a darle “caza”, o preguntas que querían ponerle en conflicto. Preguntas que arrancaban de una pobre y ramplona visión e interpretación de la ley y de los profetas. Preguntas que requerían primero una auténtica limpieza de uno mismo. Las experiencias que se nos narran en el Evangelio son auténticas preguntas y auténticas respuestas, verdaderos diálogos y encuentros.

¿Cómo y de qué manera preguntamos al Evangelio, a Dios,  por el dolor, por el sufrimiento, por las cuestiones en las que literalmente nos va la vida? Y en la vida diaria ¿qué tipo de preguntas me formulo y formulo a los demás? Es muy conveniente que nos reconozcamos a nosotros mismo en el tipo de preguntas que nos hacemos y en la misma perspectiva el tipo de respuestas que damos. Las preguntas que hacemos, el modo de hacerlas, nuestra manera de responder, son expresión de nuestra manera de ser.

Hay preguntas en las que se va  como a provocar a los demás,  en las que se proyecta nuestra no buena intención ante la vida, nuestra falta de honradez y veracidad, nuestros egoísmos y malos momentos. Preguntas calculadas para mostrar fallos de los demás, o preguntas controladoras como si nada se nos tuviera que escapar. Siempre la pregunta y la respuesta tiene que nacer del suelo del respeto, de la verdad y de la justicia. En las preguntas y respuestas se pone de manifiesto nuestra veracidad, respeto, gratitud, fidelidad, buena o mal intención. Toda nuestra vida aflora. Como también en las personas que nunca tienen nada que preguntar porque se lo saben todo, su interpretación de la realidad es la que cuenta y vale.

El hombre es un ser abierto, su vida es la de un ser en diálogo. Es un hecho fundamental de nuestra vida. ¿Es posible un hombre que no haya sostenido en su vida un auténtico diálogo? Un diálogo en el que lo que sucede es  consecuencia de un encuentro, de un preguntarse y responderse en el que  se manifiesta lo esencial. Sencillamente lo que  ocurre entre las personas que de verdad se encuentran ¿Es posible una vida que no sea diálogo? En el caso de que así viviera una persona ¿no estaría ahí su gran problema, su gran frustración y desesperación? ¿No es la vida humana realmente un diálogo? Un diálogo con el Tú, y con otros a los que podemos decir “tú” El diálogo es el único camino de la relación humana. Es un preguntar y responder, Un decir y dejarse decir, un preguntar y un escuchar. Por el diálogo generamos actitudes, conductas.

Las preguntas y respuestas son la realidad que nos “habita”, son  nuestra vida que estalla.  Y de ahí el diálogo. Martín Buber escribió un libro “Yo-Tu” que expresa esta manera de ser del hombre, un ser en diálogo. El amor, el respeto por el otro, la tolerancia son valores indispensables que los hombres deben vivir para alcanzar su destino: la comunión con Dios. Sólo este camino plenifica al hombre.  Esta comunicación, este preguntar y responder, lleva implícita la necesidad de la veracidad en la vida.

Un poeta cubano, Alberto Tosca, siente que hay una línea imperceptible entre nuestras bocas y cualquier objeto si aquellas lo nombran, este quedará encerrado en las palabras, en una, y ya no podría, siquiera ser otra. Un río, desde que alguien dijo que se llama un río, ya no pudo ser, si quiso, un árbol. Era un río, y los ríos no pueden ser más que eso, como los árboles, una vez nombrados, no pueden ser sino árboles. La verdad no se dice en el espacio vacío, sino hacia el otro. La verdad se hace vida en toda la manera de ser de la persona, en su manera de preguntar y de responder.

El preguntar y el responder es nuestra manera de estar en la vida, de caminar con los otros, de constatar otros mundos, otras realidades y descubrir afinidades y diferencias, la diversidad del mundo humano. Nuestra especifica y personal capacidad de preguntar y responder nos ha sido dada para el encuentro con los otros y con Dios. Conlleva la actitud de preguntar y de escuchar, de recibir y de dar. En las preguntas y respuestas se pone de manifiesto nuestra veracidad, respeto, gratitud  la buena o mala intención.

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Publicado el noviembre 25, 2013 en Una ventana abierta - Hª Carmen Pérez, stj. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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