Nuestras preguntas y nuestros juicios

Llenos de preguntas nos hemos de acercar al Evangelio. Así debería ser nuestra vida cotidiana.

Sócrates ya decía que la vida sin examen, sin juicio, no vale la pena vivirla. Pienso que las preguntas que todos nos hacemos, en momentos de verdad con nosotros mismos, son muy, muy parecidas, y arrancan de nuestra condición humana. En los juicios ya va toda nuestra persona, nuestros principios, las leyes internas con las que prestamos nuestros asentimientos o negaciones.

Hay un libro que se llama “La cuestión de Dios”, de Armand Nicholi en el que pone frente a frente dos cosmovisiones distintas para planteárselas: ¿Qué deberíamos creer? ¿Hay una Inteligencia por encima del Universo? ¿Hay una ley moral universal? ¿Cómo deberíamos vivir? ¿Cuál es nuestra mayor fuente de satisfacción en la vida? ¿Es la búsqueda del placer nuestro único objetivo? ¿Qué es amor? ¿Todo amor no es más que sexo sublimado? ¿Cómo podemos resolver el problema del sufrimiento? ¿Es la muerte nuestro único destino?

El mismo autor dice que el objeto del libro es mirar la vida humana desde dos puntos de vista diametralmente opuestos. El escoge a un convertido C.S. Lewis y a Freud. Estos dos autores dividían  a toda la gente en  dos categorías. Freud los dividía en creyentes y no creyentes. Para Lewis están los hombres que dicen a Dios: “hágase tu voluntad”;  y aquellos a los que Dios tiene que decir: “hágase tu voluntad”. Viktor Frankl, desde su realidad vital en los campos de concentración,  también los divide en dos: sólo hay dos clases de hombres, los decentes y los indecentes. Otros hablan de los que creen, esperan y aman, y los que no. Dos perspectivas desde las que en el fondo se hacen las preguntas y se formulan los juicios.

Un libro, que no dejo de mis manos, es un libro de preguntas y respuestas.  El título completo es “Dios y el mundo: creer y vivir en nuestra época. Una conversación con Peter Seewald”. Son las opiniones de Benedicto XVI sobre los grandes temas y preguntas de hoy. Es una larga entrevista en el tranquilo monasterio benedictino de Montecassino. Se sentaron frente a frente el cardenal Raztinger y Peter Seewald. “Son demasiadas cuestiones, dice él, demasiadas cuestiones para responderlas o experimentarlas en poco tiempo. Muchas jamás podrán expresarse del todo con palabras. Pero cuando el cardenal Joseph Ratzinger, gran sabio de la Iglesia, se sentó frente a mí en el monasterio y me contó con paciencia el evangelio, la fe cristiana desde la creación del mundo hasta su final, logré vislumbrar cada vez con mayor claridad algo del misterio que proporciona la coherencia más profunda al mundo”. La creación misma entraña un orden en sí. A partir de él podemos leer los pensamientos de Dios e incluso el modo correcto en que deberíamos vivir. Es un buen juicio, ante nuestras preguntas abrirnos al misterio de Dios y así veremos el modo digno, correcto, en que deberíamos vivir.

Todo el entorno, sienten los dos autores, Ratzinger y Peter Seewald, les ayudó mucho: la tranquilidad del monasterio, la amabilidad de los monjes y el abad, el ambiente de oración y la celebración respetuosa de la liturgia. En el libro se nos van dando respuestas, sorprende la claridad, el rigor, ante todas las preguntas formuladas. Hace mucho bien la actitud del periodista ante las preguntas y los juicios que decíamos al comienzo. Me ha gustado su experiencia ante el encuentro con el entonces cardenal Ratzinger. En concreto siente que el nombre de Dios se usa con más frecuencia que nunca, para afirmarlo o negarlo, pero en el fondo nadie sabe de qué se hablan cuando se refiere a cuestiones religiosas. Aunque no se niegue a Dios, parece que nadie cuenta que ejerza un poder sobre el mundo y pueda hacer algo de verdad.

El periodista nos transmite su propia situación. Albergaba dudas y desconfiaba de los mensajes de la revelación. Le parecía incuestionable, como les pasa a muchos,  que el mundo no era una casualidad, ni el resultado de una explosión o algo parecido, como sostenían Marx y otros. Tomó conciencia de que, tras el entramado de liturgia, rezos y preceptos, debía de existir una causa, una verdad. Los creyentes no siguen  unas historias inteligentemente inventadas. Pero él se sentía incapaz de entender los gestos, por ejemplo de la liturgia diaria, del año litúrgico,  era incapaz de descifrar nada. El auténtico sentido del conjunto  parecía ocultarse tras un muro de niebla. Abandonar todo tampoco era fácil, pero regresar a la Iglesia le parecía más difícil aún. Uno no sólo desea creer lo que sabe, sino también saber lo que cree. ¿Es Cristo de verdad el hijo de Dios que nos trajo la redención? ¿De qué Dios se trata? ¿Qué propósito alberga respecto  a las personas que parecen caer víctimas del poder del maligno? ¿Para qué estamos aquí? ¿Qué hay de los mandamientos? ¿Qué significan los siete sacramentos? ¿Se oculta realmente en ellos, según se dice, el plan vital de toda la existencia? ¿Son conciliables, necesarias, vitales en el siglo XXI la fe y la vida?

La vida sin examen, sin juicio, no vale la pena vivirla. ¿Nuestras preguntas y nuestros juicios desde un “sí” o desde un “no” No se puede creer a medias. Como comentábamos: hay dos clases de personas los creyentes y lo no creyentes. Los que dicen a Dios: “hágase tu voluntad” y aquellos a los que Dios dice: “hágase tu voluntad”. Los que creen, esperan y aman y los que no.

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Publicado el noviembre 26, 2013 en Una ventana abierta - Hª Carmen Pérez, stj. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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