Hay mayor felicidad en dar que en recibir

Es un hecho evidente que se comprueba en la experiencia: hay mayor felicidad en dar que en recibir.

Y esto es así porque no hay proporción entre lo que se da y lo que se recibe. Vamos, como el que tiene un pescadito y un trocito de pan, lo da y se alimentan muchísimas personas. No había pensado, desde este punto de vista, en cómo debió quedarse  el muchacho que tenía cinco panes de cebada y dos peces cuando vió las posibilidades de sus cinco panes y dos peces. Se nota, se sabe, lo palpas,  que están recibiendo muchísimo más de lo que tu puedes dar, y encima tú también te inundas. ¿Vds. nunca se han sorprendido de lo que  otras personas dicen haber recibido por su medio? ¿Vds. no se han quedado mudos de estupor de lo que expresan las otras personas?

Muchos hemos experimentado que en la corriente de la caridad, que es el  amor que viene de Dios y vuelve a Él, si te metes, si tú haces lo que puedes, resulta que es un caudal inmenso.  Todo se dispara. Renace lo mejor de las personas. Los demás reciben, pero  con otras medidas que a uno le admiran y sorprenden. Al mismo tiempo tengo en mi corazón el convencimiento de Louis Lavelle: “no des al otro lo que no es capaz de recibir”. El problema está en nuestra capacidad de recibir. Es la rica dinámica de la vida: el recibir y el dar.  Por eso aquella expresión que a muchos nos gusta tanto: hazte capacidad y Yo me haré torrente.

El estupor, el asombro es un sentimiento  cotidiano en el corazón ante el pasmo por lo que las demás personas  expresan y  agradecen.  Y para colmo eres tú la que estás recibiendo “una medida generosa, colmada, remecida, rebosante”. Si nos metemos en  el oísteis que se dijo, pero yo os digo de Jesucristo nos desembarazaremos de complejos,  victimismos, ofensas, juicios, afanes, tramas que nos atan, y encontraremos el punto de mira auténtico de toda la realidad, de la libertad creadora, en esa dinámica de acciones no sólo libres, sino liberadoras. La única fuerza capaz de generar realmente vida y hacer florecer cualquier desierto es la caridad, el amor que viene de Dios, todo lo inunda y redime, y vuelve a El. Por eso nunca hay proporción entre lo que se da y lo que se recibe.

“Los jóvenes, también hoy, tiene a su disposición figuras de gran relieve para comprometerse con un mundo mejor. Un Maximiliano Kolbe, una Madre Teresa de Calcuta, son la prueba más evidente de que los caminos para la realización del sentido de la vida son posibles para todos. Es necesario hacer algo, trabajar por algo, vivir con intensidad algo…por amor a Alguien”  Estas son las palabras de Viktor Frankl,  fundador de la logoterapia, en una entrevista que se le hizo en Alfa y Omega dos años antes de su muerte.

Esta es su proposición: “vivir con intensidad por amor a algo,  a Alguien” frente al panorama que veía.  Sus estudiantes americanos le expresaban su búsqueda desesperada de un sentido a su existencia. Pero no sólo la juventud, sino varias generaciones de adultos, que habían escalado posiciones acordes con su carrera y que, además, y de cara al exterior, llevaban un género de vida acomodado y feliz, se quejaban de un abismal sentimiento de vacío existencial. El hombre actual yo no tiene tradiciones que le digan lo que debe ser. Y por eso ignorando lo que realmente tiene que hacer, lo que debe ser, parece que muchas veces ya no sabe tampoco lo que quiere en  el fondo.

Lo que más desea el enfermo es recobrar la salud, y el pobre tener dinero. Pero es indudable que los dos lo desean para dar a sus vidas el sentido que quieren, es decir, para poder llenar sus vidas de sentido. Hoy olvidamos algo fundamental desde el punto de vista humano: la autotranscendencia de la existencia humana. Es decir, apuntamos por encima de nosotros mismos a algo que no somos nosotros mismos, concretamente  hacia Dios y lo realizamos cada día en la situación en que nos encontramos, en la llamada a la que hemos de responder, en nuestra relación con los otros a cuyo encuentro hemos de ir con amor.

Sí, es una realidad, es un hecho, sólo nos realizamos en la medida en que nos olvidamos de nosotros mismos, nos pasamos por alto a nosotros mismos. Lo mismo ocurre con el ojo. Su capacidad de ver está en que no se ve a sí mismo.  El ojo ve algo de sí cuando está enfermo. Cuando padecemos glaucoma, vemos una nube, y es entonces cuando nos damos cuenta de la opacidad del cristalino. Las personas que se buscan a sí mismas y buscan sus propios gustos y satisfacciones, son aquellas en las que ha quedado frustrado su sentido de la vida.

Es grande la felicidad del dar.  Otro mundo es posible en la medida en que actuemos: “los caminos para la realización del sentido de la vida son posibles para todo”.  Si agita hoy, con su aleteo, el aire de Pekín una mariposa, puede modificar los sistemas climáticos  de New York el mes que viene. El efecto mariposa consiste fundamentalmente  en explicar como pequeñas cosas que ocurren en una parte del mundo pueden tener un impacto muy grande en otra parte. “Las buenas obras jamás descansan; pasan de unos espíritus a otros, reposando un momento en cada uno de ellos, para restaurarse y recobrar sus fuerzas”.(Unamuno)

Todos somos capaces de transformar en servicio cualquier situación que, humanamente considerada, no tiene ninguna salida. Podemos comprometernos por un mundo mejor. Todo tiene sentido si descubro el amor con el que he sido creado, y cómo estoy llamado a responder a ese amor. Porque Dios lo ha querido, nadie puede considerarse superfluo, somos necesarios para vivir con intensidad del amor que  Jesucristo nos muestra y ser testigos de este amor.

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Publicado el noviembre 27, 2013 en Una ventana abierta - Hª Carmen Pérez, stj. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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