Por el recibir y el dar un nuevo ritmo interviene en la vida

Es un hecho que por el recibir y el dar un nuevo ritmo interviene en la vida. La raíz de este ritmo ciertamente está en Dios: Él me ha hado a mí mismo, sólo de su mano puedo aceptar mi vida. “En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó y nos envió a su Hijo”.

¡Cómo conforta y llena de sentido toda nuestra vida, nuestras dificultades, sufrimientos, angustias, la gran realidad de que el amor no consiste en que nosotros hayamos amado a Dios sino en que Él nos amó primero, Él nos amó y envió a su Hijo para nuestra salvación. “Todo el que ama ha nacido de Dios”.

A veces nos preguntamos qué pasa con tanto dolor y desconcierto. Nos  preguntamos qué hacen los inocentes que sufren, los mayores necesitados, los  niños de mirada limpia. Sorprende en nuestro mundo si alguien  se “retira” de presidencias, de cargos, de  recepciones, de profesiones llenas de futuro,  porque sienten las necesidades de este mundo deshumanizado,  y rezan y oran por todos  en los conventos, en los monasterios.  Pero del verdadero mundo no se retiran, sino que entran en él por la verdadera puerta que es la del amor. Entran en el mundo auténtico. ¿Y qué hacen ellos entre nosotros, los llenos de prisa, de necesidades, de proyectos vacíos, de intereses económicos, de compromisos,  de violencias; ¿qué hacen entre nosotros tan llenos de dudas y en medio de nuestros carteles de anuncios, de nuestras revistas y películas, de nuestros pobres juicios y criterios?¿No estamos equivocados en nuestra manera de juzgar y de mirar? Ellos han creído y creen que Dios es amor, y que la puerta para entrar en el nuevo ritmo de la vida, en el verdadero mundo, en la verdadera realidad, es la del amor. La primera carta del Apóstol S. Juan tendría que ser nuestro alimento y nuestro consuelo porque en Dios y en su enviado Jesucristo no se puede creer a medias.

Dios quiera que de pronto sintamos que estamos aprendiendo, reconociendo algo nuevo, que un nuevo ritmo interviene en la vida y que necesitamos del mundo de los niños, de los que son sencillos y humildes de corazón, de los misericordiosos, de los de corazón limpio, de los pobres de espíritu, de los que tienen hambre y sed de justicia. Eso nos tiene que pasar a muchos, a muchos más de los que parece, porque estamos necesitados, muy necesitados de luz, serenidad, paz, verdad interior. A muchos de todas las edades.

Lo que estamos aprendiendo con las madres que saben dar y recibir tanto amor de sus hijos que son “distintos”, que están en  situaciones de lo más diferentes por sus discapacidades.  Lo que aprendemos de padres que saben lo que es ser marido y padre en situaciones realmente duras y difíciles. Lo que aprendemos de jóvenes, de mayores,  de personas que no confunden lo útil y lo esencial. Lo que estamos aprendiendo de  lo que realmente es esencial en la vida, de lo que cuenta, de lo que gratifica de una manera que uno se sorprende, de cuánta grandeza existe,  cuánto amor y humanidad.

Lo que estamos aprendiendo de los que, aunque parezca un disparate o un idealismo, son los auténticos y verdaderos dueños del mundo, los que realmente poseen la tierra,  la rigen, la despiertan, los que en el fondo se apoderan de nosotros. Los que muestran el camino y nos sirven de referencia,  los que mantienen lo que es ser persona y nos presentan lo que merece la pena conocer.  Aprendemos de los que despiertan lo mejor de nosotros mismos, de los que promueven con su propia vida, con su sufrimiento, el respeto, el amor, la fidelidad, la ayuda, la generosidad. Los sentimientos que se experimentan, las vivencias que se tienen, las decisiones que se toman, no podrían existir sin ellos.

¿Dónde se aprende todo esto? En la vida misma desde luego, si sabemos ver y reconocer. Creo que a muchos les está despertando a la vida, aunque parezca una contradicción y un absurdo, ver a niños discapacitados con sus padres y con sus hermanos; ver toda clase de discapacidad vivida, sin esconderla,  con la mayor grandeza por parte de ellos y de todo su entorno. Ver la categoría humana que se manifiesta en tantos sufrimientos y reveses. Nos podemos fijar y reconocer lo  está al alcance de todos.

Nos humanizamos y se humaniza nuestro entorno  porque  sabemos ver a niños, jóvenes, adultos, ancianos carentes de cosas, pero no de la fuerza esencial que los mantiene en la vida. Es verdad que son privilegios que saben amargos, pero son presencia viva de personas, entorno de amor y de fidelidad, de entrega, de paciencia fecunda que germina en frutos concretos.  Ellos son los mayores enemigos de las tiranías, de las ideologías, de las dictaduras, de los reduccionismos en la vida, de las nefastas leyes que violan la vida y los derechos de los indefensos. ¿Quiénes son realmente en la vida los portadores de fe,  de esperanza y amor? ¿De quiénes nos podemos fiar? Desde luego no de los que se agitan buscando dinero, comodidades, egoístas placeres, novedades, últimas propagandas y propuestas, ¿porque que sentido de humanidad tienen?

Cuántas familias, cuántas personas nos muestran que el hombre que sufre no es inútil e improductivo. Viven relaciones que dignifican y engrandecen, valores absolutos y universales. Todos tenemos que aprender de ellos. No son vulgares, son la verdadera humanidad. Estemos atentos a la llamada que se nos hace. Una llamada para hacer todo lo que está a nuestro alcance. Todos  podemos poner nuestro  granito de arena. Algunos pasamos por experiencias que son un verdadero don de Dios, y megáfono que despierta y refuerza lo que realmente es la persona: experimentar la gratuidad de la vida. Y después dar y recibir, recibir y dar.

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Publicado el noviembre 28, 2013 en Una ventana abierta - Hª Carmen Pérez, stj. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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