La única historia interesante que haya habido en la tierra

Entre la Nochebuena del año 1 y la Pascua del año 33, ha ocurrido lo que Péguy llamaba: “la única historia interesante que haya habido en la tierra”.

No entremos en si fue exactamente el año 1 y el 33. Lo importante es que empieza una nueva era, de la que estamos viviendo, y ya para siempre la historia contemplará este antes de Cristo y este después de Cristo, aunque quieran cambiar el calendario. Los hechos están ahí. Llevamos más de 2000 años de era cristiana. Y todo porque como dice Peguy “ha ocurrido la única historia interesante que haya habido en la tierra” y que realmente ha cambiado y sigue cambiando el rumbo para millones y millones de personas.

Dice Papini  que en la madurez de su vida y de su conciencia ha intentado escribir la vida de un Dios que se hizo hombre. Nuestro corazón y nuestra razón tienen que abrirse a la inmensidad e infinitud de Dios, del Único Dios que colma y llena nuestra capacidad, de tal manera que sólo cabe el estupor, el asombro, la admiración, la gratitud.

Nos explica que sería muy largo y difícil relatar cómo él llegó a encontrar a Cristo caminando por muchas sendas que al fin desembocaban todas  al pie de la montaña del Evangelio. Su ejemplo no tiene una significación privada y personal, y por eso la presenta. Él, que desde niño tuvo siempre una repulsión por todas las creencias reconocidas, por todas las iglesias, por todas las formas de vasallaje espiritual, luego pasó, por desilusiones tan profundas como habían sido fuertes sus entusiasmos. Es un hombre, como tantos y tantos,  que después de tanto desbarrar, soñar y delirar, vuelve a acercarse a Dios por su encuentro con Jesús de Nazaret. Necesita presentar su historia como una respuesta, una réplica necesaria, una conclusión inaplazable. El cristianismo no es, como dicen, una antigualla asimilada ya, en lo que tenía de bueno, por la estupenda e imperfecta conciencia moderna, sino que para muchísimos es tan nuevo, el cristianismo, que no ha empezado siquiera.

El Papa Benedicto XVI en su encíclica “Dios es amor”,  y ahora el Papa Francisco en su encíclica “La alegría del Evangelio”,  ven vital, radical “el encuentro o reencuentro con una acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva”. “Sólo gracias al encuentro, o al reencuentro, somos rescatados de nuestra conciencia aislada y de la autorreferencialidad. Llegamos a ser plenamente humanos cuando somos más que humanos, cuando le permitimos a Dios que nos lleve más allá de nosotros mismos para alcanzar nuestro verdadero ser”.

Una única historia, verdaderamente interesante, que haya habido en la tierra, la de Cristo, y que  Gilbert Cesbron, centra en tres noches misteriosas en que se ha engendrado nuestro destino de hombres libres. Y ahora me doy cuenta de que me han salido así, de mi razón  y de mi  corazón, los  nombres de tres grandes convertidos que han experimentado en su vida y son testigos de lo que nos dicen Benedicto XVI y el Papa Francisco: Péguy, Papini y Cesbrón. Digo tres grandes convertidos, pero todo hombre convertido, como lo entendemos en el catolicismo,  es un hombre grande.

Tres noches misteriosas de las que todos vivimos, seamos conscientes o no. Tres noches que están ya en la historia de la humanidad y que nos salvan a cada uno de nosotros, si así lo queremos: la Nochebuena, la noche del Jueves Santo: la Cena, el Corpus Christi, y la del Sábado Santo en el helado silencio del Sepulcro. Tres noches. Las grandes cosas se realizan en el silencio; no en el fragor y la ostentación de los acontecimientos exteriores, sino en el corazón movido por el amor y la libertad. Los hechos más recogidos que comienzan también en el silencio de la Encarnación. Sólo el Silencio y la Palabra de Dios pueden hacer algo así: El misterio que se verifica en la Encarnación y se manifiesta en la Nochebuena, en la Última Cena y en el Sábado Santo. La hondura de estas tres noches, en torno a las que Cesbron centra la historia verdaderamente interesante  que haya habido en la tierra, o la historia más extraña del mundo que dice otro gran convertido, Chesterton, revelan el misterio, abren el abismo de Dios.

¿Quién puede decirle a Dios cómo tiene que revelarnos el misterio que sentimos en la vida? ¿Quién puede decirle a Dios cómo tiene que ser la creación, la manifestación de su amor, nuestra liberación, nuestra plenitud? ¿Quién puede representarse las relaciones de Dios con el mundo? Estas tres noches  son la manifestación de esas relaciones. Todos vivimos de esas tres noches llenas de misterio en las que se ha engendrado nuestro destino y si nosotros queremos se consumará. Tres noches a cual más cargadas de misterio y de revelación, de encuentro y de luz. Cada palabra que nos describe esas tres noches posee una enorme importancia. Tenemos nuestra vida para descubrirlo. Sus palabras son eternas: El Verbo se hizo Carne. Encontraron al Niño envuelto en pañales. Hay muchas moradas en la Casa de mi Padre. Os doy la Paz, os doy mi paz. Pero no la doy como la da el mundo. Permaneced en mi amor. Este es mi cuerpo, esta es mi sangre. Subo a mi Padre y  a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios.

Dos palabras que son la luz en la única historia interesante que ha habido en la tierra: amor y libertad. Las dos palabras clave de los cristianos. Es el secreto de la creación y de la redención: la gratuidad. Y en esa gratuidad estallan las dos palabras más reales de nuestra historia: amor y libertad.  Las dos son para el hombre la garantía de su dignidad, la verdadera victoria, la semejanza con Dios. Libremente quiere Dios nuestro amor, libre y consciente quiere Dios nuestro SI. Sólo el amor gratuito de Dios es capaz de expresarse en tres noches así: la nochebuena, la noche de la Cena del Señor, el amor hasta el extremo, la Eucaristía, y la noche del Sábado Santo que estalla en la Resurrección.  Ha ocurrido ya nuestra historia renazcamos una y otra vez a ella, ¡Que no perdamos nunca nuestra capacidad de estupor, asombra y admiración ante el misterio de Dios que se nos manifiesta¡

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Publicado el diciembre 25, 2013 en Una ventana abierta - Hª Carmen Pérez, stj. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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