Una realidad muy concreta: el nacimiento de un niño

Nuestra historia es historia de salvación. Y esto es un hecho, el gran acontecimiento que todo lo centra.

“La creación entera participa de esta alegría de la salvación, nos recuerda el Papa Francisco, ¡Aclamad, cielos, y exulta, tierra¡ ¡Prorrumpid, montes, en cantos de alegría¡ Porque el Señor ha consolado a su pueblo y de sus pobres se ha compadecido”. Dice que le llena de vida releer este texto: “Tu Dios está en medio de ti, poderoso salvador. Él exulta de gozo por ti, te renueva con su amor, y baila por ti con gritos de júbilo”

El nacimiento de un niño es una realidad muy concreta. Todas las circunstancias en torno al nacimiento indican el momento, el lugar, quién estuvo, quiénes fueron a visitar a la madre y al hijo etc.

Pues el nacimiento de Jesucristo, el Hijo de Dios y de María fue igual. Nació aquella noche, en aquella situación, en aquel momento de la historia, le conoció aquella gente. No lo sabremos con la precisión que conocemos el nacimiento del hijo, del hermano, del familiar, del amigo. Estamos en el siglo XXI, evidentemente en ese comienzo de lo que llamamos nuestra era, precisamente por la situación histórica, religiosa, social, política, familiar, el nacimiento de un niño, fue distinto.

Los Evangelios de Marcos y de Lucas,  nos describen, no simplemente un conjunto encantador de recuerdos maravillosos en los que puede ser que muchos se queden, sino un mensaje en que cada palabra tiene un significado. Revelan la realidad histórica de un Dios que se hace hombre, las raíces profundas de su personalidad. Jesucristo nace en Belén porque los que van a ser sus padres han tenido que ir allí por cuestión del empadronamiento. Y nace, dadas las situaciones, en lo que era la forma de vivir de los sencillos. No hubo sitio para ellos más que allí. No nació por casualidad en esas condiciones.

Es un hecho que ocurrió y ocurre: viene a los suyos, y los suyos no le reciben. Cada rasgo que se nos narra quiere hacernos sensible algo importante, algo que nos entre por nuestra sensibilidad y por nuestros afectos. Se nos describen hechos, sucesos, acontecimientos, personas que le dirán , y personas que le dirán no, personas que pasarán indiferentes, personas críticas que todo lo hacen a su medida. Pero los hechos son cotidianos, sencillos: nacimiento de un niño  en Belén, condiciones de pobreza, en el seno de una familia que le da lo que tiene; visita de los pastores, de los que viven sin saber de un mundo de lujo y placeres externos. Gente a la que cualquier suceso que acontezca en su entorno le sorprende y conmueve.

Y unos hombres a los que llamamos los Reyes Magos, los Magos de Caldea. No eras reyes, se les considera “sabios”, hombres preocupados y centrados en el sentido de la vida humana, de sus problemas, de sus preguntas y necesarias respuestas. Quizá hombres que querían conocer de verdad el sentido del tiempo, de la vida, del presente y del futuro. Significarían, en medio de los pueblos centrados en la materia, la conciencia que quiere despertar el espíritu. Es lógico que quisieran conocer a ese Niño, que sí, ciertamente, buscan “a su manera”, pero tienen corazón abierto para encontrarlo de “otra manera completamente distinta”.

El contraste es la figura que sólo se la nombra por su edicto: Cesar Augusto, el emperador que manda empadronarse a todo el mundo bajo su dominio, el poder. Y Herodes, el grande, conocido en la historia como el que doblaba la rodilla ante Roma, halagaba a los griegos para tener más seguro el dominio sobre los hebreos. No era ni hebreo, ni griego, ni romano, era idumeo. Se le atribuyen muchos delitos que no es el caso narrar. En el nacimiento de Jesús sentimos todo, la naturaleza, los sencillos, el pueblo, y el saber, la “inteligencia” que se arrodilla ante Dios, y los que odian. Lo de siempre el bien y el mal. Los que dicen sí a la verdad, a la belleza, al bien, y los que dicen no. Los que creen y esperan y los que no, que ese es el mal.

Lo que Juan describe, tiene el mismo mensaje, el mismo contenido pero lo hace de manera completamente distinta. En el impresionante y conocido prólogo de su Evangelio lo presenta como si fuera  un himno de entusiasmo y adoración  a Dios, a la Palabra, al Logos encarnado. Dios se hace uno de nosotros y no le recibimos. Por eso lo leemos y contemplamos en la liturgia del día de Navidad. Esta especie de himno, tiene dos paréntesis dedicados a Juan Bautista. Hubo un hombre, enviado por Dios: se llamaba Juan. Este vino para dar un testimonio de la luz. Juan da testimonio de Él, nos vuelve a decir casi al final, y clama: “Este era el que yo dije Él que viene detrás de mí y se ha puesto delante de mi, porque existía antes que yo”.  Todo centrado en torno a la Palabra que es la luz verdadera. La Palabra  que se hace carne, y pone  su morada entre nosotros. Viene a su casa y los suyos no le reciben.  Pero a los que le reciben les da el  poder de hacerse hijos de Dios.

El misterio de la Navidad es el misterio de filiación y de la Paternidad. Con la Navidad entró en el mundo una presencia nueva que da sentido a todo: El Padre y el Hijo: y ya para siempre, por la fuerza del Espíritu Santo:  Padre nuestro. La certeza se hace realidad. Una realidad muy concreta que se vive a través de una mujer que es la primera creyente: María. Dios no está ligado a las piedras, sino que se compromete con hombres vivos; su primer compromiso fue en el seno de una mujer que le dio a luz en el mundo que Él había creado y en el que inicia ahora su redención.  El nacimiento de un Niño en Belén, es el comienzo de una nueva humanidad, de una nueva forma de existencia. Ser cristiano no es tener ideas nuevas, ideas mejores, significa un renacimiento, una nueva creación. Ya lo dice S. Pablo: “el que está en Cristo es una nueva creación”.

María es la Madre de la que será la gran familia de ese Niño que nace, la Iglesia. Y esta Iglesia está llamada a ser siempre la casa abierta del Padre, como dice el Papa Francisco, que es como el padre del hijo pródigo que siempre tiene las puertas abiertas y con los brazos abiertos, llenos de dones y regalos le espera. ¿Qué otra cosa es la verdadera vida de la Iglesia sino transmitir la vida, la alegría, el perdón, la paz, la amistad, la fidelidad a través de sus sacramentos y de la fe, la esperanza y la caridad de los que son sus hijos.

¿Cómo lo transmito yo?

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Publicado el diciembre 26, 2013 en Una ventana abierta - Hª Carmen Pérez, stj. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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