¡Feliz año!

Estos días nos decimos: ¡feliz año¡ igual que cada mañana nos saludamos con un ¡buenos días¡.

¡Buenos días¡ No hay nada más corriente, pero si lo pensamos nada más prodigioso que esta primera expresión que decimos. Me lo ha hecho sentir Fabrice Hadjadj en su libro “El paraíso en la puerta”, y más concretamente aún en el Preludio de este libro: “Lo imposible en el umbral”.

Si reflexionamos sobre todo lo que implica este sencillo “Buenos días” en el umbral del día,  con el que todo el mundo empieza y saluda de la manera más cotidiana y rutinaria muchas veces,  nos abre, aunque suene demasiado profundo, a “la consistencia” del momento, a la eternidad que subyace en todo lo que es fugitivo y pasa. Claro, que la manera de decirlo  ya pone de manifiesto la manera de ser de uno mismo, su manera de estar y de ir por la vida, su relación con el otro, con toda la realidad.

Y lo he comentado con mi amiga Claudia porque ella y yo nos saludamos, cuando nos encontramos, de esta manera entrañable, buena, profunda de desear lo mejor, “lo imposible” en algo tan sencillo como un encuentro. Lo imposible porque habla de lo que merece la pena, de lo que vale, de lo que perdura, porque sale de los anhelos de nuestro interior, de lo “imposible” porque sólo Dios puede hacerlo y dárnoslo. Un auténtico “buenos días” tiene que estar totalmente preñado de fe, esperanza, y amor, de los mejores deseos.  De hecho, creer  en Dios significa confiar en Él, sobre todo en lo que es humanamente imposible. Así de real y de inmenso: otras medidas.  Buenos días porque Dios te ama.

En nuestro lenguaje diario hablamos, sin ser conscientes, de lo importante, de lo necesario, que es este sencillo decirnos: ¡Feliz año¡ ¡Buenos días¡ ¡Hasta luego¡ ¡Hasta la vista¡ ¡Buen viaje¡. Y no digamos cuando nos despedimos: ¡Adiós¡ Realmente ya en nuestra forma de saludar nos sale nuestro interior,  acogemos o no al otro, y también al despedirnos decimos expresiones que hacen brotar la esperanza, la confianza. Hablamos en nuestra vida diaria de una manera que, si se reflexiona, si se llega hasta la raíz, se pone de manifiesto lo que podemos pensar como las cosas “últimas” del mundo y del hombre, nuestros anhelos de realización de una Promesa, de una Esperanza que se cumpla. De aquí viene la palabra escatología: tratado de las realidades últimas: muerte, juicio, infierno y gloria.  Los estudios teológicos dicen que son las realidades posteriores a nuestra vida terrenal y a la historia humana; la reflexión de los creyentes sobre el futuro de la promesa que aguarda la esperanza cristiana. Realmente nuestro lenguaje cotidiano está penetrado de los sentimientos, anhelos, y deseos más profundos.

Simplemente decirnos: ¡Buenos días¡ pero dada la situación ¿tendríamos que decir todo lo contrario? ¿Qué “oasis” nos deseamos con esas palabras? Esos saludos y despedidas ¿no tendrían que ser  como auroras que siempre quieren despuntar en medio del desierto? que dice Hadjadj. Nuestra necesidad de bien, de paz es improrrogable. Eso nos tendríamos que decir a nosotros mismos: se acabaron las prórrogas para creer, para esperar, para amar, para perdonar, para  poner lo mejor de nosotros mismos en el momento concreto que estamos viviendo. Y lo necesitamos desde el primer “Buenos días” con el que abrimos nuestros ojos y luego saludamos a los demás,  hasta el último “Buenas noches”.

¿Qué necesidad experimentamos que es la “madre” de todas las necesidades y que está en la raíz de todos esos: “buenos días”, de todas esas expresiones tan cotidianas. Parecemos más satisfechos y ebrios que nunca en nuestras necesidades y sin embargo se palpa una hambre profunda y una sed abrasadora. El fango y miseria, en los que estamos sumergidos, se nota ya en los adolescentes. La decadencia de la grandeza humana se ve claramente en la ruina de muchas familias, en el amor, en las relaciones humanas, en el sexo, en el trabajo, en la educación de las personas, no sólo de los niños y adolescentes, en la propaganda para lograr el placer, la diversión, en la imposibilidad para unos y en el temor para otros, de hablar bien de las cosas realmente buenas, de las que son improrrogables para nuestras necesidades.

¿Qué propuestas de amor, de verdad, de vida, de belleza, de felicidad tengo y reconozco? En lugar de ir a la raíz de la persona se hacen propuestas destructoras, raquíticas y pobres como pueden ser los condones, el aborto, la píldora del día después, el consumismo, la eutanasia, la ausencia de la responsabilidad, del sacrificio, de la entrega, de la fidelidad. Y me voy a la raíz de todo esto: el desconocimiento de nuestra interioridad. Esta intimidad inefable, este misterio de Vida interior tan desconocido, que habita en nuestro interior: en el interior del hombre habita la verdad.  Necesitamos de esa secuencia al Espíritu Santo tan maravillosa y concreta para nuestro diario caminar: ven, Espíritu divino, manda tu luz desde el cielo; tu luz que penetre en mi espíritu y que proviene de Dios. Padre amoroso del pobre, sólo Él puede colmar la pobreza de nuestra vida y hace florecer el desierto de nuestro corazón porque es la fuente del mayor consuelo, el descanso de nuestro esfuerzo, enjuga las lágrimas, llena nuestro vacío.

¿Por qué vivo como vivo encerrada en la prisión de mis medidas, egoísmos y miedos? Sólo Él puede darnos el gozo que anhelamos. Sólo Él puede hacer que desaparezcan las aversiones, la obstinación,  muchas veces la ansiedad, los sufrimientos que están en nuestro ser, y que incluso los médicos no logran ver y que hieren nuestro interior. No somos capaces de salir a flote con nuestras propias fuerzas. Tiene que venir el Espíritu de Dios que nos libere de nuestra propia prisión interior y nos lleve a la libertad de los hijos de Dios. ¿Cómo pueden ser mejor las cosas sin Dios?

¡Feliz año¡, ¡Buenos días¡, realmente ¿cómo deseo  el feliz año y los buenos días y cómo me lo deseo?

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Publicado el enero 1, 2014 en Una ventana abierta - Hª Carmen Pérez, stj. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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