Improrrogable necesidad

“Mi alma tiene sed, sed de Dios, del vivo. ¿Por qué me acongojo? ¿Por qué gimo dentro de mí? Espera en Dios”. Es el salmo 42 que expresa los anhelos del desterrado.

Tenemos una improrrogable necesidad, aunque no seamos concientes de ello, del Dios vivo. Como la tuvo la samaritana, y Zaqueo, y todos  y cada uno de los seres humanos.

Nuestro grito auténtico, vital,  tendría que ser constantemente la maravillosa secuencia: ven Espíritu divino, manda tu luz desde el cielo. ¡Si empezáramos el día sintiendo nuestra pobreza  y pidiendo con todo nuestro corazón  lo que dice ese cántico sereno e inspirado¡ No contiene ideas extraordinarias pero los pensamientos fluyen con sosegada profundidad. No hay sentimientos tumultuosos sino un tranquilo vaivén de olas, una plácida corriente. Todo se mueve en un espacio íntimo y, a la vez, inmensamente amplio: el corazón del hombre en el que vive la gracia de Dios. Es la experiencia de Romano Guardini la que nos lo dice: nuestra vida está llena de misterios y la agitan muchas fuerzas, pero después de sentir esta oración una persona experimentó que en su interior había claridad, serenidad, bondad. Al preguntarle qué había cambiado su respuesta fue: sencillamente, Dios está en mi corazón.

La saboreamos desde esta experiencia y nos agarramos a lo que más necesitamos en este momento para decirnos y decir de verdad: ¡buenos días¡: “Ven, Espíritu divino, manda tu luz desde el cielo, Padre amoroso del pobre, don, en tus dones espléndido, fuente del mayor consuelo. Ven, dulce huésped del alma, descanso de nuestro esfuerzo. Tregua en el duro trabajo, brisa en las horas de fuego, gozo que enjuga las lágrimas y reconforta en los duelos. Mira el vacío del hombre si Tú le faltas por dentro; mira el poder del pecado cuando no envías tu aliento. Riega la tierra en sequía, sana el corazón enfermo, lava las manchas, infunde calor de vida en el hielo, doma al espíritu indómito, guía al que tuerce el sendero. Reparte tus siete dones según la fe de tus siervos. Por tu bondad y tu gracia dale al esfuerzo su mérito, salva al que busca salvarse y danos tu gozo eterno”.

Experimentaremos nuestra interioridad, nuestra verdad interior,  por la luz que penetra nuestro corazón y nuestra razón, por el conocimiento de la paternidad de Dios, por sentir  la fuente de la alegría y del  mayor consuelo, el descanso de nuestro esfuerzo, la tregua en el duro trabajo, la brisa en las horas de fuego, el gozo que enjuga las lágrimas y reconforta en los duelos. Esto es sentir nuestra real y auténtica interioridad. La que nos vino a comunicar, a enseñar, a mostrar Dios al hacerse hombre en Jesús de Nazaret. Porque el Espíritu de Dios vive, habla, obra en Jesús. En ese Espíritu Jesús se somete a su destino, muere y resucita. El Señor resucitado, y que ha ascendido a la intimidad de Dios, es Jesús de Nazaret en el que se manifiesta completamente el Hijo de Dios. Él nos da su Espíritu. En Él se muestra nuestro verdadero espacio interior, la grandeza de nuestro castillo interior, de nuestras moradas en términos teresianos.

Todos tenemos necesidad del Espíritu de Cristo, que habita en nuestro interior por su Redención. Solamente, Jesucristo que nos ama como necesitamos ser amados, puede sentir hacia nosotros, con todo lo que padecemos y sufrimos, el respeto y la compasión que cada uno de nosotros siente de sí mismo o hacia los demás.  Como el padre y la madre sienten la necesidad que experimenta el hijo, aunque no sea consciente de ello, de curación, de cariño, de lo que es lo mejor para él. Sólo Él puede medir cuán grande, inconmensurablemente grande, es la necesidad que sentimos de Él.

Por haber creado Dios al hombre a su imagen y semejanza, nos sentimos impulsados a romper las cadenas personales que nos hacen cautivos, pero sin perdernos en el otro o en la colectividad. Deseamos realizar un ideal personal al par que comunitario: ¡Buenos días¡, ¡Adiós¡, ¡Buenas noches¡ ¡Hasta pronto¡  Este anhelo no llegará nunca a ser realizado porque rebasa nuestras propias fuerzas. Este anhelo sólo queda satisfecho en el Espíritu Santo. Hambrientos, como estamos, nos imaginamos que buscamos pan y es que tenemos hambre del Espíritu de Jesús. Sedientos, creemos desear todo tipo de bebidas y es que tenemos sed de su Espíritu. Cuando buscamos la belleza en el mundo, no nos percatamos de lo que realmente buscamos.

Si perseguimos con nuestra razón la verdad, estamos deseándole a Él que es la única verdad digna de ser sabida. Si nos angustiamos por la necesidad de paz, buscamos la única paz en que puede descansar nuestro corazón.  Sólo Jesucristo puede medir cuán grande es nuestra necesidad, la necesidad que hay de su Espíritu en esta hora del mundo. Ninguno de tantos como creen vivir, tener soluciones para todo, ninguno de los que duermen en los fangos de la pobre popularidad, del poder, del falso placer por encima de todo y a costa de todo, pueden darnos lo que necesitamos. Estamos sumidos en una atroz penuria, en la miseria más honda de todas, en la de nuestro interior.

Todos en realidad, absolutamente todos, tanto en nuestra vida personal, como familiar, laboral  y social tendríamos, al desearnos y desear Feliz año,Buenos días y Buenas noches, que hacer consciente en nosotros la oración que repite la Iglesia y que muchos la oran con todo su ser diariamente: ven Espíritu divino, Padre amoroso del pobre, luz que penetra las almas. Mira el vacío el hombre si Tú le faltas por dentro…

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Publicado el enero 2, 2014 en Una ventana abierta - Hª Carmen Pérez, stj. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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