La llave de la mañana, el oxígeno del día y el cerrojo de la noche

Con la llave que abre la mañana, el oxígeno del día y el cerrojo de la noche son los instrumentos con los que vive su vida de  familia, de trabajo, de fin de semana, vamos, su vida diaria. Es un matrimonio amigo. ¿Qué es la llave que abre la mañana, el oxígeno que respira y el cerrojo de la noche? Pues un único instrumento: la oración. Y este matrimonio la vive así, y así lo están respirando sus hijos, y nos lo comunican a los amigos. Llave que abre el día, oxígeno para respirar y cerrojo para acabar al día.

La oración es una forma básica de la vida humana. Hablamos de la oración como algo radical y profundo en la vida humana.  Algo que no es nada lejano al hombre, sino la sustancia de su vida. El sentido de lo sagrado se expresa por la oración. La oración puede consistir en una queja, en un grito de angustia, en una petición de socorro, en un comienzo del día, en una despedida en la noche,  en un sentir necesidad de dar gracias, de contemplar, de elevar el corazón, de adoración, de comunicación con el Creador de lo que existe, con el Tú, Padre de todos y cada uno de nosotros…O como decía Santa Teresa: trato de amistad con Quien sabemos nos ama.  No es difícil sentir que nadie puede arrancarse de su relación con Dios. Nos sentimos mal solos, y necesitamos sentir una compañía interior, saber que no es posible sentir solamente “yo” a secas, a solas, sin raíces, sin horizonte.

Nuestra relación con Dios es una relación que nunca se rompe,  ni puede romperse aunque se  quiera. Se puede dudar de ella, negarla, ignorarla. Se puede querer como arrancársela. Todo lo que el ser humano libremente quiera deshacer, pero ahí está Alguien, ese Tú, que a pesar de todo lo que se pueda experimentar y gritar, nos ha creado, nos mira, y espera le abramos nuestro corazón. Él siempre nos llama, pronuncia nuestro nombre y sabe de nuestra más íntima yoidad. Las formas de hablarnos son inconmensurables.  Nos sentimos mal solos, evidentemente sabemos de que tipo de soledad “sin sentido” hablamos. Necesitamos sentir una compañía interior, saber que no estamos nunca solos, que nuestros pasos tienen un sentido, que “venimos de”, “vamos a”, y “estamos con”.

La oración está en intrínseca relación con nuestra capacidad de “soledad sonora” que diría S. Juan de la Cruz, de silencio, de interioridad. Orar realmente sólo puede hacerse cuando se siente al Tú. Orar es un diálogo, el hombre es un ser en diálogo. No se puede orar sin ser consciente de que se está ante Dios, sólo en el silencio llegamos a Dios. El comienzo es percatarse de que Dios es. Dios existe, no es meramente sentimiento, o idea pensada, sino realidad. Más real que yo, la auténtica realidad, fundada en sí misma eternamente. Dios existe, es El que es. Yo en cambio sólo existo ante Él y mediante Él. Dios no existe meramente, es el Tú eterno. El inicio de todo el sentido de nuestra vida personal,  libre, responsable. ¡Poder decir: Tú, Dios mío¡ ¿hay algo más grande? Podemos pensar qué prodigioso es que yo pueda decir en absoluto “Tú” a Dios  e incluso que Él sea el auténtico Tú para mí. Sentir: Dios y yo. Un viejo campesino estaba sentado solo en el último banco de una iglesia vacía. ¿Qué esperas? Le preguntaron. Le contemplo a Él y Él me contempla a mí.

Sólo el ser humano es capaz de orar, porque sólo él tiene un espíritu personal. Sólo él es capaz de sentir su “yo”. Y si uno se siente el “yo” necesariamente está ante un Tú. No pueden hacerlo los animales. Ni los animales domésticos, que viven con el hombre, son capaces de esta forma única de sentir. Sólo el hombre es capaz de poner en sus palabras una verdad de la vida, de la piedad, de sus alegrías y problemas. Sólo los seres humanos son capaces de ese silencio, de esa interioridad de la que surge la relación con el Tú, y de la que nacen las más diversas oraciones. Siempre estamos ante un Tú. S. Agustín dice que el hombre no reza para dar a Dios una orientación, sino para orientarse debidamente a sí mismo. Y en la oración ocurre como en la vida. No es cuestión de “ganas”, es cuestión de lo que realmente corresponde a mi ser  persona. Es facilísimo comprenderlo en la vida diaria, trabajo, estudio, relaciones con los demás. Por eso se experimenta que el sólo hacer oración cuando se tiene ganas, quiere decir que se ha resignado a tener cada vez menos ganas de hacer oración.

Quien aprende a orar aprende a vivir. Sólo surge de verdad la oración cuando participa de un sentido que se piensa, de una verdad que se siente.  No se puede vivir de una manera y orar, de verdad, de otra. Si cambiamos el corazón cambiamos la vida. Si oramos realmente, nuestra vida cambia. Sólo en la oración germinan las decisiones, los acontecimientos que cambian el rumbo de nuestra vida, y la orientan. Quien ora sabe pedir perdón y perdonar, quien ora sabe decir gracias. El que no ora no sabe decir gracias ni pedir perdón.  Y ¿sabemos qué es ir por la vida sin saber pedir perdón, ni dar gracias?… Por eso la oración por excelencia es el Padrenuestro.

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Publicado el enero 3, 2014 en Una ventana abierta - Hª Carmen Pérez, stj. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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