El símbolo es la luz

Hay palabras que transparentan lo que significan. Por ejemplo la palabra diáfano. Este espacio es diáfano. O sea, transparente, deja pasar la luz en su totalidad. La palabra castellana “fenómeno” tiene esa raíz. Los fenómenos atmosféricos, psíquicos, son los hechos que se manifiestan. 

Pues, es la misma raíz griega de la palabra epifanía. Epifanía, manifestación de un fenómeno grandioso, milagroso. En muchas culturas las epifanías corresponden con las revelaciones, manifestaciones de algo grande, sobrenatural. El símbolo es la luz, la claridad, la transparencia de la verdad.

Para el cristianismo la epifanía es una fiesta muy significativa: Jesús se  da a conocer, por eso el símbolo es la Luz,  la diafaneidad.  La epifanía es la revelación definitiva de Dios en Jesucristo. Es una de las fiestas litúrgicas más antiguas, más que la misma Navidad, que evidentemente es también epifanía.  Se empezó a celebrar en Oriente en el siglo III. En Occidente se la adoptó en el siglo IV. El cristianismo celebra como epifanía tres eventos: la epifanía ante los Reyes Magos, como la relata el Evangelio de Mateo. La epifanía  a S. Juan Bautista en el Jordán. Y la epifanía a sus discípulos, al comienzo de su vida pública, con el milagro, en Caná de Galilea, de la conversión del agua en vino. 

Epifanía, manifestación. Por tanto, el símbolo evidente es la Luz, esto es  contemplar a Jesucristo. “Levántate humanidad entera, levanta la vista y mira. Se postrarán ante Ti Señor. Tu quieres que florezca la justicia, librar al pobre que clama, al afligido que no tiene protector, que exista la compasión hacia el indigente. Tú quieres la justicia, y el derecho, la verdad y la recta comprensión de lo que es la naturaleza humana”.

Epifanía es reconocimiento y adoración ante lo que cambia el curso de la historia, y puede cambiar la historia de cada uno. Epifanía es el reconocimiento del Dios que viene para toda la humanidad, y no sólo para el pueblo elegido en el Antiguo Testamento. El Antiguo Testamento nos quiere hacer sensible y gráfico lo que fue el comienzo de la Historia de la salvación de la humanidad. En la Epifanía a los Magos, a Juan Bautista en el Jordán, a sus amigos, al comienzo de su vida publica con el milagro, en Caná, de la conversión del agua en vino,  se ve el sentido de la Historia.

La Biblia cuenta que la reina de Saba, una reina de oriente, casi mil años antes que los Magos, acude a Israel. Ha oído hablar de la gran sabiduría del rey Salomón, el hombre que sólo pedía sabiduría, y la prefería a todos los cetros y tronos, que se da cuenta de que todos los bienes vienen con la verdadera sabiduría, que es el principio, el fin y el medio de los tiempos. Por toda su fama quiere conocerle, aprender de la auténtica sabiduría. Lleva regalos de especias, oro y piedras preciosas. Hay un auto Sacramental de Calderón de la Barca: el Cordero de Isaías, que en un solo acto, y precisamente desde la reina de Saba,  nos hace sentir todo el panorama de la historia de la salvación, de sus epifanías.

En el inicio de la nueva era son unos magos, unos hombres sabios,  los que nos enseñan donde está la verdadera sabiduría. Una estrella, semejante a un cometa que aparece de vez en cuando en el cielo, les guía. Se pusieron en camino y se dejaron conducir por ella. Todo empezó porque su sabiduría era real, porque querían reconocer la verdadera naturaleza de las cosas, de los hechos. La sabiduría, leemos en el Antiguo Testamento, es un  espíritu que ama al hombre, piensa rectamente y con sencillez. Habla juiciosamente, piensa dignamente de los dones recibidos, y se deja guiar por Dios porque Él es quien dirige a los sabios.   Iban a adorar a alguien importante, a alguien único, y se encontraron con la sencillez, con la pobreza. Vieron al Niño con María, su madre, y postrándose le adoraron. Supieron reconocer. Los que buscan la verdad, sean quienes sean, la encuentran. Hacen todo lo que ellos pueden, como hicieron María y José, los pastores.

 Los eruditos, los que creen saberlo todo y tener medidas para juzgarlo todo, los raquíticos de espíritu, los tibios atiborrados de prejuicios, los que todo lo controlan, los progresismos de vía estrecha ¿son capaces de ver al Niño con María su madre, y postrándose, adorarle?  ¿Quiénes reconocen a Cristo y quiénes no le reconocen? Herodes no entendió nada, se endureció y se encegueció más por sus ansias de poder y por su forma de vida. ¡Cuántos Herodes y de cuantas formas distintas se presentan los Herodes en la vida¡  Por contraste, los Reyes magos representan a todos los  que aman el saber y la verdad. A todos los que están comprometidos por su situación social y buscan la justicia, la paz, la realidad de los derechos humanos. El encuentro sincero con Jesús produce retornar desde Él por caminos distintos en los que a veces andamos por la vida. Significa reconocerlo a través de tantos postes indicadores como hay en la vida.

            El símbolo es la luz. Y ante esta epifanía ¿qué puedo hacer yo? Pues todo lo que yo puedo hacer. Esta es  la única respuesta cristiana en la epifanía. Todo. Si Él vino a vivir y morir entre nosotros, fue para que los que creen respondan con esa palabra: todo. No hay dualismos, ni separaciones antinaturales e incongruentes entre vida privada y vida pública. Cuando el hombre se aparta de Dios, no es Dios quien le persigue, sino los ídolos. Vivamos en la luz y nunca perderemos el rumbo de nuestra vida.

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Publicado el enero 6, 2014 en Una ventana abierta - Hª Carmen Pérez, stj. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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