Una carta de Romano Guardini

Siendo estudiante en la Universidad leí un libro de esos que como diría Martín Descalzo te abre el corazón y socava tu interior, te sirve de guía cálida y coherente: “Cartas sobre la formación de sí mismo”. Es un libro que vale y es útil para todas las generaciones y para todas las épocas porque aborda temas tan esenciales como la alegría del corazón, la veracidad, el dar y el aceptar, la libertad, la acción responsable, la oración, etc.

Hoy me refiero a la carta que dedica a la alegría.  Una alegría para la que cada uno puede preparar el camino, y que todos podemos vivir,  sea cual sea nuestra forma de ser. Tampoco depende de los buenos o malos momentos, ni de temporadas más o menos difíciles, ni de los demás, ni de “lo demás”.

Es una alegría que no la da el dinero, ni las posesiones, ni la vida cómoda, ni el hecho de que los otros nos reconozcan, por más que todo eso pueda influir sobre ella. Procede, como él nos expresa, de las cosas nobles, del trabajo que es un verdadero servicio de amor, de palabras llenas de bondad que nosotros  hemos pronunciado o que hemos escuchado. Procede de haberse esforzado con veracidad y valentía contra algún defecto o limitación, de haber ayudado a alguien, de un corazón que sabe dar gracias y pedir perdón, que sabe admirar y reconocer. En una palabra del verdadero bien que abre el espacio del que lo vive, lo realiza, y produce el ánimo verdadero y libre.

Y por este camino nos encontramos la fuente de la verdadera alegría que  reside en el corazón mismo del hombre donde habita Dios. Y Dios es la fuente de la verdadera y perenne alegría. Esta es la gran realidad que nos hace anchos y luminosos por dentro, nos hace ricos, fuertes, independientes de los acontecimientos externos. Lo que pasa exteriormente no puede afectarnos cuando hay alegría interior. Quien tiene alegría, adopta ante las cosas la actitud sana, limpia, correcta. Cuando hay alguna dificultad, algo duro, se ve como una prueba y se acomete con valentía y se vence.

¿Cómo se abre el camino para la alegría? ¿Cómo hay que hacer para que corra impetuosa por nuestro espíritu?, se pregunta Romano Guardini.  Pues nos tenemos que unir con Dios desde lo más íntimo de nuestro ser. Sentirnos ante Él realmente como hijos, volvernos a Él  con familiaridad, con la familiaridad del amor del que nos habla Teresa de Jesús: tratar de amistad con quien sabemos nos ama. Mucho más importante que nosotros amemos a Dios,  es que es Él quien nos ama. El ama primero. Acostumbrémonos a volvernos a Dios llenos de alegre confianza, sintiendo en nuestro interior: Dios Padre, Dios fuerte, Dios que me amas, lo que Tú quieras lo quiero yo también.  El salmo 42 expresa estos mismos sentimientos: “¿por qué voy andando sombrío hostigado por mi enemigo? Envía tu luz y tu verdad que ellas me guíen. Me acercaré al Dios de mi alegría”.

Y, sigue Romano Guardini, concreto y práctico, no necesitamos de dilatadas reflexiones o grandes planes,  hay que vivirlo en el momento presente. Acometer resueltamente lo que Dios quiere de nosotros en cada momento, es el proyecto concreto de nuestra vida. Este es el momento que siempre nos corresponde: ahora es el momento del esfuerzo, de la superación en esta obligación concreta. Cada instante lo podemos convertir en lo que realmente es: un mensajero de Dios. Si le prestamos atención adquirimos la madurez precisa para entender correctamente el mensaje, y al darle el “sí”, realizaremos, paso a paso, la tarea de nuestra vida. Entonces tendremos alegría.

Es fácil de entender: esto es lo que tengo que hacer ahora. Y sí, Señor, lo haré de buena gana. Una expresión bien gráfica que decide todo y de la que depende lo demás: No a disgusto, no porque no hay más remedio, no con indolencia y de manera apática, sino de “buena gana”, la gran fórmula pronunciada en nuestro interior.  Comentaba con un chico joven la pobre y mala actitud,  la “poca gana” con la que muchos van a “cumplir” con el tener que ir a Misa los domingos. ¿Cómo es posible que vivamos así, como una formalidad impuesta,  ese momento tan presente y actual de nuestra relación con Dios?  ¿A qué amigos, a qué padres les gustaría una relación así, un encuentro así?

Yo quiero que mi corazón sea alegre. Para eso es fundamental que la alegría corra en mi interior, por dentro. No algo externo y pasajero, fortuito, a merced de todo y de nada. Y eso sólo se logra por mi relación y unión con Dios. Dios me ha creado. Dios me ha querido a mí,  por mí mismo. Dios es el que me ama de forma única y gratuita. Y como dice C. S. Lewis: Dios diseñó a la máquina humana para funcionar con Él.  El combustible con el que nuestro espíritu ha sido diseñado para funcionar, o la comida con que nuestro espíritu ha sido diseñado para comer, es Dios mismo. Dios no puede darme  paz, ni felicidad, ni alegría verdadera aparte de Él,  porque no existen. No existe tal cosa. Vamos, que es evidente que la fuente de alegría está en nuestro interior, y en cada instante podemos vivirlo a pesar de todos los pesares. Esta barrera sólo cada uno puede superarla. La palabra “instante” tiene mucha fuerza. Instante, lo que insta, lo que urge, lo que reclama, lo que aprieta la ejecución de algo.

Fomentar la auténtica libertad, la ética que necesitamos, la creatividad del espíritu y que realmente  corresponde al ser humano fue una tarea de Romano Guarini, sobre todo con la juventud. Vio con claridad el camino que había que recorrer por duros y terribles que fueran los escollos a vencer y sortear.  Sus reflexiones no surgen de reflexiones abstractas sino de necesidades determinadas y exigencias vivas como puede ser la necesidad de la alegría. Repito sus preguntas ¿Cómo se abre el camino para la alegría? ¿Cómo hay que hacer para que corra impetuosa por nuestro espíritu?  Pues nos tenemos que unir con Dios desde lo más íntimo de nuestro ser, sentirnos ante Él realmente como hijos.

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Publicado el enero 7, 2014 en Una ventana abierta - Hª Carmen Pérez, stj. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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